Yo y Claudio

¿Cómo empezó esto? Como empiezan estas cosas: como una broma, como una tontería. Cuando me fui de casa de mis padres, mi hermana mayor me regaló un perro de peluche, de esos tristones con las orejas largas caídas y los ojos llorones. “Para que te haga compañía”.

Y realmente me hacía compañía. Le puse de nombre Claudio, no sé por qué.

Cuando mi hermana se quedó embarazada, le dije que Claudio y yo cuidaríamos de ella, de ellos. A su marido no le gustó, yo nunca le gusté a su marido.

Fue por esa época cuando empecé a mover a Claudio como un muñeco de ventrílocuo. Al princpio lo movía con las manos, le hacía bailar, saludar, dar saltitos. Luego le añadí unos hilos de sedal y lo manejaba con unas cruces de madera como un titiritero.

Organizaba espectáculos para mis sobrinos (ya eran dos, chico y chica, una parejita). Cuando llegaban, Claudio movía la cola (yo le movía la cola) y brincaba como loco. Ellos se morían de risa, le tiraban de las orejas, le arrancaban partes que yo luego tenía que recoser como podía.

Cuando ellos no estaban, practicaba con Claudio casi constantemente. Pasaba tanto tiempo practicando que la parte de mi cerebro que manejaba a Claudio llegó a ser tan independiente y automática como la parte que se ocupa de respirar o de hacer que lata el corazón. Podía estar concentrado en otra cosa, leyendo, viendo la televisión o cocinando, y Claudio daba vueltas a mi alrededor o me miraba con sus ojos enormes.

Para dar más verosimilitud al show, le ponía a Claudio comida y bebida, que cambiaba regularmente. También esto llegó a ser un acto automático, lo hacía casi todas las noches sin pensar. Tengo miedo de haber comido comida de perro alguna vez sin darme cuenta.

Creo que el punto sin retorno fue el día que lo saqué a pasear. No necesitaba hacerlo, pero necesitaba hacerlo, para probarme a mí mismo, para probarme algo a mí mismo, no sé. A mi hermana no le gustó cuando se lo conté. A los otros perros del barrio tampoco les gustó: venían, olisqueaban a Claudio y se iban decepcionados. Uno le dio un mordisco en el lomo que también tuve que recoser.

En las tiendas del barrio empezaron a tratarme de forma distinta.

Hasta que un día, con el paso de los años (sí, esto duró años) noté que Claudio se volvía más perezoso, más pesado. La edad. A veces, cuando estaba correteando a mi alrededor se golpeaba contra los muebles, como si no los viera bien, y luego se tumbaba a mi lado durante horas. La comida se quedaba en el plato sin tocar durante días. Yo lo miraba preocupado y él me miraba a mí con resignación, estoico y cansado.

Hace un mes noté que Claudio cojeaba de una de las piernas. Hice un esfuerzo por moverlo de otra manera, tironeando de los cables para obligarlo a saltar, pero era inútil. Su mirada decía: “¿por qué me haces esto?”. No podía llevarlo al veterinario (no estoy loco) y no tenía forma de saber qué le pasaba: ¿artritis, reuma, cáncer? ¿Los perros también tienen esas cosas?

Durante unos meses mi vida giró alrededor de Claudio y de su cojera y de su ceguera. “¿Estás deprimido?”, me preguntaba mi hermana. “Todo está bien”, contestaba yo. Pero Claudio no estaba bien.

La semana pasada, Claudio murió. Dejó de moverse. Quiero decir, por supuesto que yo podía moverlo con mis hilos, pero ya no lo sentía como un movimiento natural, era como mover un cadáver. Él no colaboraba al movimiento. El relleno se le salía a Claudio por las costuras, juraría que hasta empezaba a oler mal.

-¿Qué le pasa a Claudio? -me preguntó mi sobrino ayer cuando vinieron a verme.

-Se ha… estropeado -le respondí.

Después de la merienda, mientras los niños jugaban a la consola, mi hermana me llevó a la cocina y me dijo, muy seria:

-Tengo algo que contarte. Marcos y yo… se ha terminado.

Y yo, no necesariamente en respuesta a lo que ella me estaba contando:

-Sabía que esto iba a pasar.

Esta mañana he metido a Claudio en una caja, lo he llevado a un aparcamiento y lo he incinerado.

La semana que viene mi hermana se muda a mi casa con sus niños. He pensado comprarles un perro de peluche para que jueguen con él, y para no echar tanto de menos a Claudio.

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Un pensamiento en “Yo y Claudio

  1. Ese uso de los paréntesis, así como si nada… ¿Esto no será fruto de una especie de apuesta, no? ¿Qué escribirías con el título “Pepita y Jiménez”?;)

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