Siempre saludaba

-¿Cuánto tiempo lleva viviendo en esta casa?

-Puf, como treinta años, imagínese…

-¿Y conocía a S. P. I.?

-¡Claro que lo conocía! Era un chico muy simpático, siempre saludaba, me daba los buenos días, cómo está, me sujetaba la puerta del portal, una vez hasta me ayudó a subir unas bolsas de la compra…

-¿Y nunca imaginó…?

-¿…que fuese escritor? ¡Nunca! ¡Qué me iba a imaginar! Si lo llego a saber… pero no, ya le digo que era un chico majo, educado, correcto. ¿Cómo iba a pensar que escribía? ¡Y además esas cosas, esos cuentos tan raros, que no sabe ni qué está pasando ni quién está hablando ni cuándo ni dónde ni nada!

-¿Ha leído sus historias, entonces?

-Algunas, sí, y ojalá no las hubiera leído. ¡Qué ideas! ¡Qué mente más retorcida! Todavía si escribiera historias bonitas de esas medievales o románticas o de espías… ¿Cómo puede ser que un buen chico… o alguien que parece un buen chico… luego tenga esas ideas? Dios mío, dios mío, dios mío…

-Tranquila, señora, no llore.

-¿Cómo no voy a llorar? ¡Dos años viviendo puerta con puerta con ese… con ese…! ¡Hasta le dejé coger a mi nieta en brazos una vez! ¡Solo pensarlo…!

-Muchas gracias, señora, ha sido muy amable.

-De nada. Qué mundo este. De nadie te puedes fiar.

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