El profesor de autoescuela: algunas ideas

Como saben ya los que me conocen y me siguen por el facebook, estoy sacándome el carnet de conducir, por fin, a mis -taitantos años. Las clases de código van bien, probablemente me apunte a hacer el examen dentro de poco; las clases de conducción (sí, en Portugal se empieza a conducir antes de haber aprobado el examen teórico) son otra cosa. No he tenido demasiada suerte con mi instructor de conducción: es un señor de unos cincuenta y tal años, no muy simpático (casi ni me saluda al empezar la clase) y bastante brusco en sus indicaciones. Probablemente lleva años dando las mismas clases de conducción y ya no está en absoluto motivado (varias veces le he pillado bostezando durante la clase).

El caso es que, más allá de que las clases me gusten más o menos, o me estresen más o menos, al ver un ejemplo de un profesor que (en mi opinión) hace cosas mal, me han venido a la cabeza algunas ideas -bastante obvias, la verdad- sobre el papel del profesor que pueden ser aplicables también para otros ámbitos; por ejemplo, para mi propia labor como profesor de lengua o literatura.

  1. En primer lugar, como dicen algunos anti-pedagogos, aprender, se aprende casi con cualquier metodología. Antes de que existiera la (psico)pedagogía actual, los seres humanos llevaban milenios aprendiendo cosas por medio de la educación formal o informal, con la práctica o por imitación. Yo estoy aprendiendo a conducir aunque mi profesor no me explique casi nada, por el método de ensayo y error, y con la repetición y automatización de procesos. Lo que diferencia unas metodologías de otras es el nivel de esfuerzo que exigen del alumno; determinadas técnicas pueden hacer que aprender a conducir sea más o menos traumático, o más o menos fácil.
  2. En relación con lo anterior, casi para cualquier materia se puede diseñar una curva de aprendizaje que haga que el alumno se sienta inútil y tenga ganas de abandonar, o una que le lleve paso a paso a aprender las cosas que necesita. Puede ser una curva de aprendizaje exigente, claro, no se trata de infantilizar a los alumnos, pero debe estar bien secuenciada: que no lleve al alumno al desánimo ni al aburrimiento por ser demasiado fácil o repetitiva. En mi caso, la primera clase fue como tirarme a la piscina de cabeza para enseñarme a nadar: dos minutos después de sentarme al volante de un coche por primera vez, estaba metido entre el tráfico de una de las avenidas más transitadas de Lisboa. Acojona bastante, la verdad.
  3. También he comprobado una vez más que un cierto grado de empatía personal entre alumno y profesor es fundamental. No es que el profesor tenga que ser mi mejor amigo y llevarme de copas el viernes por la noche; pero sí es necesario que haya un mínimo de confianza para que el alumno note que puede preguntar, que puede pedir ayuda y también que puede equivocarse sin llevarse una bronca tras otra.
  4. Mi profesor de conducción prácticamente solo me habla para indicarme las cosas que hago mal, y a gritos. En realidad, es casi lo mismo que hago yo cuando corrijo una redacción de un alumno en español: señalar los errores, y en rojo, para que se vean bien. Sin embargo, la evaluación del alumno debería atender también a los aspectos positivos: a su evolución personal, a los aciertos que consigue (sobre todo si esos aciertos reparan errores cometidos anteriormente) y a la meta final que se intenta alcanzar. Esto no es lo mismo que decir que no se deben señalar los errores para no “traumatizar” al alumno; sino que hay que dar al alumno una imagen real (con los aspectos positivos y los negativos) de su evolución.
  5. Algo que me molesta especialmente es que el profesor me exija saber cosas que no me ha explicado (y que no tengo por qué saber). Si nunca he cogido un coche, lógicamente no sabré cómo tengo que cambiar de marcha, qué intermitente debo encender al entrar en una rotonda o cómo tomar una curva cerrada. Debería explicármelo antes, pero si no lo ha hecho, por lo menos no debería reprochármelo como si fuera un error mío no saberlo. Es lo que en lenguaje psico-pedagógico se llama “tener en cuenta los conocimientos previos del alumno“.
  6. Otra cosa que he notado es que mi profesor de autoescuela tiene, de hecho, un plan para enseñarme a conducir; sin embargo, en ningún momento ha compartido conmigo ese plan, así que voy a las clases sin tener ni idea de lo que voy a hacer ni cuándo voy a aprender ciertas cosas.  Por ejemplo, en las primeras clases el profesor pisaba el embrague para que no se me calase el motor (pero no me lo decía), y luego dejó de hacerlo;  saberlo me habría ayudado a entender por qué los primeros días no se me calaba nunca el coche, y de repente un día empezó a calárseme en todos los semáforos. En general, conocer el plan de aprendizaje desde el principio me habría tranquilizado bastante.
  7. La motivación fundamental para aprender tiene que venir del alumno, eso está claro. En mi caso, estoy motivado porque de hecho quiero aprender a conducir, y porque he pagado un dinero para ello, y no está el mundo para andar tirando el dinero. Pero nunca está de más que el profesor contribuya a la motivación, con algún mensaje positivo de vez en cuando, o creando un ambiente agradable que haga que ir a clase sea motivante por sí mismo, al margen de la motivación que yo tenga de antemano.
  8. Lo he dicho ya varias veces: mi instructor nunca explica nada, salvo que yo pregunte, y aun así lo hace a regañadientes. El aprendizaje por la práctica está muy bien y es un gran avance (“se aprende mejor lo que se hace que lo que se ve o se lee”, esas cosas), pero no hay que llevarlo al extremo: una explicación a tiempo puede acortar el camino. Incluso porque, incluso cuando acierto con la solución al problema, puedo hacerlo por las razones erróneas, o por puro azar. Y nunca lo sabré si no me lo explican.

En fin, casi todo esto son obviedades, pero me apetecía decirlas. Y ya.

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6 pensamientos en “El profesor de autoescuela: algunas ideas

    • Cambia de semana a semana, pero por si acaso, cualquier día entre las 10 y las 11 te aconsejo que no salgas a la calle…

      ¿Vas a estar en Lisboa? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Cuánto tiempo?

      • Un congreso de cara al próximo año (ya te iré comentando)…teniendo en cuenta que los congresos son por la mañana no hay problema 😉

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