Viceversa

Cojo el metro en Cidade Universitaria, en dirección a Rato, con intención de cambiar en Saldanha a la línea roja. Me siento y me sumerjo en mi libro (electrónico). Cuando me doy cuenta, la voz femenina que anuncia las estaciones dice: “Lumiar” (o sea, dos paradas hacia el norte, hacia las afueras de Lisboa). ¿Me habré confundido de dirección? No sería la primera vez -ni la segunda, ni la tercera vez- que pasa; pero cuando llegamos a la siguiente parada no es Lumiar, sino Campo Pequeno. La voz se equivoca.

Pero luego (a lo mejor porque estoy viendo otra vez Perdidos desde el principio) me imagino otra posibilidad, y es que la voz tenga razón y la realidad se equivoque. Que la parada sea efectivamente Lumiar aunque los letreros de la estación digan Campo Pequeno, y cuando salga a la calle me encuentre con que nada es como debería ser, como era antes, que los mapas ya no sirven y la memoria tampoco.

Y como coincide (es la primera vez que lo veo) que Cidade Univesitaria está exactamente en la mitad de la línea amarilla -siete paradas desde un extremo, siete paradas desde el otro-, imagino que se ha producido una inversión completa de la ciudad, como un guante dado la vuelta: lo que antes era periferia ahora es centro; lo que antes era centro ahora está desperdigado en las afueras como por la fuerza de una explosión; los barrios turísticos despoblados; los barrios populares llenos de turistas y guías y cámaras fotográficas y de gente comiendo caracoles y salgados en tascas llenas de humo.

Me pregunto dónde estará ahora mi casa en esta Lisboa invertida: antes estaba a medio camino entre la universidad y el centro; ahora debe de estar en un punto tan lejano de las dos cosas como sea posible. A lo mejor, fuera de Lisboa; a lo mejor, en el centrísimo mismo de Lisboa.

Los miradores, ¿serán ahora galerías subterráneas? ¿El Tajo se habrá vaciado y será ahora un gran cañón? ¿Las colinas serán valles? ¿Y los tranvías? ¿Qué habrá sido de los pequeños tranvías amarillos?

Estas visiones me hacen pensar en los relatos fantásticos que escribía cuando estaba en la universidad. Acababa de descubrir a Borges y a Cortázar y creía que eran dioses. Los hombres intentan parecerse a los dioses aunque no lo consigan, y yo escribía relatos fantásticos en los que salían insectos y cárceles laberínticas y desiertos. Luego una amiga me dijo: “¿por qué no escribes sobre lo que conoces?” Me sentó fatal.

Años antes, mi madre me había dicho: “No todos los cuentos tienen que terminar con una sorpresa”. Lo que no me dijo es cómo tenían que terminar.

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