Anónimo: Código de circulación

Idioma original: español (supongo)
Año de publicación: 2012 (supongo)
Valoración: Imprescindible (supongo)

Creo que estamos, sin duda, ante uno de los experimentos literarios más audaces de los últimos años. Un ejercicio de travestismo genérico y maestría formal como no se ha visto desde… bueno, quizás desde siempre. Pocas veces, si alguna, se ha visto una novela camuflada tan perfectamente como un manual de aprendizaje, hasta el punto de ser perfectamente indistinguible de un manual de aprendizaje de verdad. La inclusión de innumerables imágenes y gráficos hacen que casi podamos hablar de una novela-cómic, si es que tal cosa existe.

Porque no es solo que el autor haya borrado absolutamente su nombre de la exterioridad del libro (imposible adivinar el nombre del responsable de esta genialidad, por mucho que se investigue; quien llame a la editorial, como hice yo, solo conseguirá encontrar un muro de silencio e incomprensión y que al final le cuelguen el teléfono); es que el autor también ha conseguido borrar absolutamente su rastro del propio texto: la vieja aspiración flaubertiana de la disolución del autor en la obra se cumple aquí con un rigor sin precedentes. No se trata de una novela fácil, precisamente por esta ausencia de voz narrativa, y porque el personaje protagonista (denominado genéricamente “el conductor”) debe ser leído entre líneas, como el agente o, a veces, como paciente de cuanto se nos describe en la novela.

Al comienzo del texto, “el conductor” es un hombre -o una mujer, porque ni de su sexo podemos estar completamente seguros- feliz, pacífico, en armonía con el mundo que le rodea: mira a su alrededor, reúne información, conduce de forma defensiva, toma decisiones inmediatas y juiciosas sobre su comportamiento… El coche, descrito con todo detalle y en toda su interioridad a lo largo del capítulo 2, es su fiel compañero. Pero ya en el capítulo 3 se percibe el que será el origen de su desgracia: un super-ego desmedido, que deja caer sobre él una retahíla de prohibiciones y obligaciones (“¡cede el paso!, ¡no estaciones!, ¡gira a la derecha, ¡para!, ¡no adelantes!, ¡no pases de 50!…) y, es de suponer, aunque el texto no lo diga, lo llena de sentimientos de culpa e inseguridad. No es de extrañar, por lo tanto, que en el capítulo 4 lo veamos cometiendo todo tipo de infracciones: bebiendo al volante, consumiendo drogas, superando la velocidad permitida, conduciendo por el carril contrario… El capítulo 5, de una manera consecuente aunque quizás excesivamente teleológica, nos habla de las penas impuestas a cada una de estas infracciones; Crimen y castigo en formato siglo XXI.

El desenlace añade aún una vuelca de tuerca más a la maestría de la obra. Como si el autor, siempre sutil, quisiese insinuar que esta trágica espiral de degradación podría habers evitado, dedica buena parte del tema 6 a describir los distintos tipos de carnet que “el conductor” podría haber obtenido (esta interpretación la añadimos una vez más los lectores, porque el autor nos la hurta). Una dramática lección sobre la culpa y el pecado se transforma así, sin resultar moralista, en una alegoría sobre la redención y el libre albedrío.

No puedo terminar esta reseña sin destacar uno de los aspectos más originales de la obra: en ella solo conocemos al personaje principal en cuando “conductor”: nada sabemos de él cuando está en casa, en el trabajo, con los amigos; podemos suponer que tiene hijos, porque un subcapítulo entero está dedicado a las medidas de seguridad que adopta para ellos en el coche. Y sin embargo, a pesar de que la vida del “conductor” se reduce al vehículo y a la vía pública, es imposible no simpatizar con él. Porque, en el fondo, todos somos “el conductor”.

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4 pensamientos en “Anónimo: Código de circulación

  1. Pingback: Reseña "literaria" del Código de circulación

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