La cura

Dos candelabros enormes, uno a cada lado de la cama, iluminan el dormitorio, dándole un aire como de cuadro de Rembrandt. En medio, el enfermo, con una piel tan pálida que parece que está ya más de aquel lado que de este; los ojos cerrados y la boca entreabierta y algo torcida. Arrodillada a su lado, su mujer llora sin lágrimas y aprieta un pañuelo blanco contra la boca.

Se oye el timbre de la entrada; se abre la puerta, se oyen voces . Entran en el cuarto el hijo del enfermo, el médico y el ayudante del médico.

MÉDICO: Bueno, bueno, bueno, y entonces, ¿cómo está nuestro enfermo?

MUJER: Yo le veo peor, doctor. Cada día está más pálido…

El médico se acerca al enfermo, lo palpa, le toma el pulso, le toma la temperatura poniendo el dorso de su mano en la frente, le examina los ojos.

MÉDICO: Pues sí, está peor. Hay que aplicarle otra sangría.

AYUDANTE: ¡Otra sangría!

MUJER: ¿¡Otra!? ¿Con lo débil que está? Mire que me lo mata, doctor, que ayer por la noche se me quedaba en los brazos de lo flojo que estaba… Casi ni comer puede…

HIJO: Mamá, no te metas.

MUJER: ¡Pero cómo no me voy a meter! ¡Que nos matan a tu padre!

HIJO: Mamá, qué sabrás tú. Déjale hacer al médico, que es el que sabe de esto. Si hasta estudió en Alemania y todo.

MÉDICO: Bueno, estudiar no estudié pero estuve allí unos meses.

HIJO: Es lo mismo. Si usted dice que hace falta una sangría, una sangría es lo que hace falta.

AYUDANTE: ¡Una sangría!

MÉDICO: Efectivamente.

MUJER: ¡Pero mírenle…! ¡Si no puede ni abrir los ojos!

MÉDICO: Eso es porque tiene demasiada sangre en la cabeza y no le permite ni abrir los párpados. Contra eso…

AYUDANTE: …¡sangría!

MUJER: Pero… pero… si estaba mejor hasta que le hicieron la primera sangría… si hasta hablaba, se reía, se levantaba de la cama… Sólo tenía la garganta hinchada y algo de fiebre… Y entonces, vinieron ustedes con sus sangrías… y empezó a quedarse débil, y débil, y más débil, ¡y mírelo ahora!

ENFERMO: Mmmmmmmh…

MUJER: ¿Qué dices, cariño?

AYUDANTE: ¡Ha dicho que quiere una sangría!

MUJER: ¡Qué va a decir eso!

HIJO: Mamá, déjales hacer, es por el bien de papá…

MÉDICO: Mire, señora, yo entiendo su preocupación, pero la sangría es una técnica médica con milenios de historia, que ha curado a centenares de miles de enfermos de enfermedades incluso peores que la de su marido. ¿Me está diciendo que usted, que no tiene formación médica, sabe mejor que yo lo que necesita su marido?

HIJO: ¿Ves, mamá? Estás ofendiendo al señor doctor…

MUJER: Pero… pero…

AYUDANTE: ¡Ni pero ni nada! ¡Sangría!

MUJER: No, no, no… Marido mío, marido mío…

El enfermo hace un esfuerzo sobrehumano y abre los ojos.

ENFERMO: No, más no… más no…

MÉDICO: Está claramente delirando. Es el momento de aplicarle la sangría antes de que sea demasiado tarde. Señores, saquen a la dama de aquí.

AYUDANTE: ¡Sangría!

El hijo y el ayudante cogen a la mujer uno de cada lado y la sacan casi a rastras de la habitación.

HIJO: Vamos, mamá, verás como luego nos lo agradeces.

MUJER: ¡Que me lo matan, que me lo matan! ¡Que matan a mi marido!

AYUDANTE: Ahora, sobre el tema de nuestros honorarios…

El médico, ya solo en el cuarto, se agacha sobre el enfermo y lo mira una vez más, con cierta atención.

MÉDICO: Bien, ahora, vamos a lo que vamos… Verá qué bien se va a encontrar mañana…

Abre su maletín y empieza a sacar el instrumental. Antes de que llegue a clavarle la aguja al paciente se apagan las luces, o se baja el telón, o cualquier otra cosa para mantener tranquila la conciencia del espectador.

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