Axis Mundi

Nuestro pueblo tiene una historia corta: nació a mediados del siglo XIX, el día que un ingeniero, o un político, o el ayudante del ayudante de un político, puso su dedo sobre el mapa y dijo: “Aquí se juntarán la línea férrea del Norte y la  del Oeste”. Ese dedo sobre el mapa fue nuestro fiat lux, y la luz se hizo.

Al principio, el pueblo no era más que la estación, las tres o cuatro casas en que vivían los guardavías y una taberna oscura y húmeda. Los viajeros (entonces todavía poco numerosos) llegaban, se bajaban de un tren, esperaban algunas horas y cogían otro. Nadie se quedaba en el pueblo, porque no había nada que hacer, nada para ver, ningún atractivo turístico o cultural o comercial. Aquello era un oasis en un páramo.

Con el tiempo, el pueblo fue creciendo. Se crearon servicios de todo tipo alrededor de la estación: almacenes, talleres, restaurantes, posadas, tiendas de productos regionales, y hasta un teatro de variedades que alcanzó cierta fama nacional por sus parodias picantes de los principales estrenos de la capital. Se calcula que a finales del siglo XIX alcanzó los 30.000 habitantes.

Debió de ser por aquel entonces cuando nació entre nosotros una especia de sentimiento de superioridad: todas las otras personas pasaban pero él, pero nosotros éramos de allí. Estábamos en el centro geográfico del país, y aunque eso no trajese aparejado ningún poder, sí nos daba, por lo menos, algún tipo de valor simbólico.

Años más tarde, de hecho, la dictadura desarrollista decidió convertir a nuestro pueblo en uno de sus emblemas. En 1945 le condeció oficialmente la categoría de “villa”, y se inauguró el Museo Nacional del Ferrocarril. Vino el Ministro de Transportes a descubrir una placa conmemorativa (la robaron en 2007 y nunca fue repuesta) y dar un discurso. “Este es el país que queremos”, dijo: “un país unido, moderno, competitivo, un país de progreso en que el progreso no nos haga olvidar nuestras verdaderas esencias nacionales”.

Para nuestro pueblo, paradójicamente, la época de las vacas gordas marcó el principio del fin. La adhesión a la Unión Europea trajo dinero fresco, y el dinero trajo la construcción de nuevos ramales ferroviarios, y la era del tren de alta velocidad. Ya no hacía falta pasar por nuestro pueblo para llegar del Sur al Este, y los nuevos “trenes bala” zumbabam a través del pueblo sin siquiera aminorar la velocidad.

Obviamente el pueblo (la villa) ya no dependía completamente del tren para su subsistencia, pero aun así pronto empezó a resentirse: algunas cafeterías se quedaron sin clientes, desaparecieron casi todas las tiendas regionales, cerró el teatro de variedades, que en cualquier caso ya se había convertido prácticamente en un burdel… Los jóvenes del pueblo se iban a estudiar a la ciudad y ya no volvían. Los que quedamos, unos 10.000 según el último censo, somos la mayoría viejos que pertenecemos a otros tiempos.

Ahora nuestro futuro es incierto. Hace poco, el alcalde del recién reelegido dio un discurso optimista en el que hablaba de reconversión y de orgullo, y nos instaba a recordar nuestro lugar preeminente: “Puede que ellos ya no vengan aquí”, decíal, “pero nosotros aquí seguimos, recordándoles que somos el centro fijo, el eje alrededor del cual gira el país”.

Yo soy menos optimista. Creo que, en este mundo moderno de los jóvenes, ya no importa ser centro o no serlo. Lejos es un concepto del pasado: ahora todos los pueblos del mundo están igual de cerca los unos de los otros. Creo que el pueblo seguirá decayendo, aunque sin llegar a desaparecer; que cerrarán todas las cafeterías menos una; todos los supermercados menos uno, todas las escuelas menos una; y que la estación de madera se la comerán las termitas y las ratas.

Y al fin y al cabo, a lo mejor es bueno que así sea.

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