Una leyenda atlántica

Pedro y Lucía se casaron en la capilla de San Miguel, en lo alto de los acantliados. Acudió todo el pueblo, algunos por curiosidad, otros porque se alegraban por la pareja, unos pocos por envidia y por ver si algo salía mal (hay personas así).

Pocas semanas más tarde, Pedro tuvo que embarcarse para hacerse a la mar o para hacer la guerra (las versiones difieren en este punto, que tampoco es demasiado importante) y Lucía se quedó a la espera, aunque tuvo la sensatez de no ponerse a tejer nada.

Hasta que siete meses o siete años más tarde, una noche se desató una tormenta espantosa, como los más ancianos del lugar solo había oído hablar en historias antiguas. Y Lucía, que sabía que una tormenta así solo podía traer noticias de meurte y destrucción, se encerró en casa y se preparó para lo peor.

Y efectivamente, entre los truenos y los rayos y el granizo y la lluvia, Lucía oyó la voz de Pedro (aunque ella supo que era el viento con la voz de Pedro), que tocando a la puerta decía: “Déjame entrar, Lucía, déjame entrar”. Pero Lucía, cerrando las siete llaves y los siete cerrojos y los siete pestillos, respondió: “No te dejo entrar, no”.

Entonces el viento tocó en las ventanas de la casa, una por una, y con la voz de Pedro dijo: “Déjame entrar, Lucía, déjame entrar”. Pero Lucía, cerrando las persianas y las ventanas y las contraventanas y las cortinas, respondió: “No te dejo entrar, no”.

Y por tercera vez (porque en las leyendas todo pasa tres veces) el viento intentó entrar en la casa, esta vez por la chimenea, diciendo: “Déjame entrar, Lucía, déjame entrar”. Pero Lucía encendió un fuego con leña seca y sarmientos y periódicos viejos para expulsar al viento, y respondió: “No te dejo entrar, no”.

Sucede sin embargo que los ratones habían construido túneles bajo la casa de Lucía para poder entrar y salir a sus anchas de la despensa, y a través de esos agujeros se coló el viento sin que Lucía pudiera hacer nada para evitarlo.

Y cuando el viento estuvo en el mismo cuarto que Lucía la rodeó por todas partes, volteándola de un lado para otro, y nuevamente con la voz de Pedro le dijo: “No voy a hacerte daño, Lucía. Te traigo noticias de Pedro, Lucía. Pedro está muerto, Lucía. Murió en la mar, Pedro está muerto, murió en la mar”.

Y Lucía, aunque ya sabía lo que el viento quería decirle y había intentado no oírlo para que no fuera verdad, al oírlo y saber que era verdad, se desmayó. Despertó al día siguiente cubierta de una fina ceniza gris, que parecía no querer desprenderse de ella.

El pueblo, salvo la casa de Lucía, había quedado prácticamente arrasado. La reconstrucción fue dura y costosa.

Nueves meses después, Lucía dio a luz a un niño. La gente, que es mala y desconfiada, dijo todo tipo de cosas sobre ella, pero a ella no le importó. Le puso por nombre Pedro, y dejó de esperar el regreso de su marido.

Eso dice la leyenda que oí, yo solo la repito tal como la oí.

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