Agnus Dei

Pocos días antes de la Semana Santa del 48, Don Ramiro -el cura- nos anunció que aquel año los papeles de Abraham e Isaac en la representación del Sábado Santo no los harían el alcalde y su hijo, como venía siendo costumbre desde el Año del Glorioso Alzamiento, sino el maestro don Lucas y su hijo, recién llegado de Francia.

Para qué negarlo, la noticia no nos cayó muy bien. Estamos tan orgullosos de nuestro Abraham e Isaac como otros pueblos lo están de sus Via Crucis o de sus Nacimientos vivientes o de sus toros de fuego. Pero pensamos: será una señal, será un símbolo, significará algo: querrá decir que ha llegado el tiempo de la reconciliación, de mirar para adelante todos juntos y construir algo entre todos… aunque sea con el rojo del maestro y su hijo el marica.

Fue precisamente don Ramiro el que organizó la primera de estas representaciones, antes de la Guerra. Decía que era una escena bíblica con grandes enseñanzas: la sumisión a la Divina Providencia; el infinito Amor de Dios por sus hijos, y la perfidia de sus enemigos, o sea, los judíos, capaces incluso de matar a los de su propia sangre sin remordimiento.

En realidad, todos sabíamos que lo hacía para diferenciarse del resto de parroquias, todas con sus cruces enormes y sus magdalenas lloriqueantes y sus Cristos barbudos.

Así que ahí estábamos, en el pórtico la iglesia el día de Sábado Santo, esperando a ver aparecer a los personajes. Sonó la voz de don Ramiro: Después de estos acontecimientos, Dios puso a prueba a Abraham. “¡Abraham!”, le dijo.

Y entonces entró el maestro, don Lucas, con la voz tembolorosa: “Aquí estoy”.

Y el cura, otra vez en el papel de Dios: “Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré”.

Aquí la representación se alargaba un poco más de la cuenta con unos diálogos y bastante cargantes, probablemente escritos por Don Ramiro, en que Abraham intenta convencer a Isaac para que se deje sacrificar, e Isaac, después de resistirse lo razonable, acepta.

La verdad es que Don Lucas y su hijo no lo hacían mal, aunque nada comparado con el alcalde, que le daba a todo el diálogo un aire de arenga militar que ponía los pelos de punta.

Y así llegaba la parte que más nos gustaba a nosotros, al pueblo, al público, porque nos daba la oportunidad de intervenir. Una vez atado y bien atado Isaac, y mezclando aquí sin venir demasiado a cuento la escena de la liberación de Barrabás, todos nos lanzábamos a gritar, según nos apeteciera, “¡Suéltalo, suéltalo, libéralo!”, o, hay que reconocerlo, más a menudo: “¡Mátalo, mátalo, asesínalo, judío!”, y otras cosas peores.

Entonces Abraham, o sea, el alcalde, ponía su cuchillo (un cuchillo de madera pintada, no me cabe ninguna duda) sobre el pecho de Isaac, o sea, su hijo, y fingía ir a apuñalarlo, pero en ese momento la voz del Ángel, o sea, del monaguillo, se elevaba sobre todas las nuestras y decía aquello de “No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño.” Luego don Ramiro nos explicaba lo del pacto eterno entre Dios y los hombres, el alcalde y su hijo se abrazaban, todos aplaudíamos y nos íbamos a casa tan contentos.

Pero este año fue diferente. Este año quien estaba en el altar, atado y bien atado no era el hijo del alcalde, sino el hijo del maestro don Lucas, así que cuando fue nuestro turno de gritar, nadie optó por el “¡Suéltalo!” y sí todos por el “¡Mátalo!”. Todos gritaban. Todos gritábamos. No me avergüenzo de decirlo, yo también gritaba. Pero me avergüenzo de decirlo.

Y los gritos subían: “¡Mátalo! ¡Rojo! ¡Asesino! ¡Marica! ¡Mátalo! ¡Mátalo! ¡Mátalo!”

El cura y el Ángel lo miraban todo y no intervenían. Daba la impresión de que el tiempo se alargaba y la tensión crecía. ¿Terminaríamos por saltar al escenario para apuñalar nosotros mismos a Isaac?

Luego, como despertando, don Lucas siguió con el guión y puso su cuchillo (¿no brillaba más de lo habitual?) en el pecho de su hijo, que lo miraba como sin entender.

Era el momento para la frase “No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño”. Pero la frase no vino, y el cuchillo seguía en el pecho de Isaac. Y nosotros gritábamos: “¡Mátalo! ¡Mátalo! ¡Rojo! ¡Asesino! ¡Marica! ¡Mátalo! ¡Mátalo! ¡Mátalo!”

Cuando don Lucas levantó el cuchillo, en sus ojos estaban ya el miedo y la lucidez. El Ángel, o sea, el monaguillo, se adelantó entonces dos pasos y cogió con las dos manos la mano de don Lucas que sujetaba el cuchillo. Forcejeaban. Desde la distancia, era difícil decir quién empujaba hacia abajo y quién tiraba hacia arriba.

Nuestros gritos eran ensordecedores. Yo mismo sentía la sangre golpeándome en las venas y la piel ardiendo.

Los ojos del maestro se le salían, su cara estaba roja como si le fuera a dar un ataque, su hijo luchaba sobre el altar por librarse de las cuerdas, el cura, ¿dónde estaba el cura?

Y entonces el cuchillo bajó, y un chorro de sangre espesa y oscura salpicó al altar, y a don Lucas, y las ropas claras del Ángel, o sea, del monaguillo.

Se hizo un silencio en el que solo se oía un estertor bajo y continuo, y los hipidos del llanto del maestro.

Y luego, ahora sí, la voz del cura, gritándonos que mirásemos, que mirásemos bien, que así se comportaban los enemigos de Dios, daba igual que fuerna judíos, comunistas o invertidos; todos iguales, todos podridos por ese mismo odio hacia la Bondad, hacia la Belleza, hacia el Amor; que rechazaban el pacto con Dios, y por lo tanto Dios rechazaba el pacto con ellos. ¡Que nunca olvidásemos esa lección!

Nos dispersamos poco a poco, y enseguida vino la Guardia Civil a buscar a don Lucas. En realidad, no hacía demasiada falta: había perdido la razón (¿antes o después de hacer aquello?). Se suicidó una semana más tarde en el cuartelillo de Oña ahorcándose con su propio cinturón.

Cuando al año siguiente don Ramiro nos dijo que el alcalde y su hijo iban a retomar los papeles de Abraham e Isaac, todos sentimos alivio, aunque también, tengo que reconocerlo, una cierta decepción.

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