Antipoemas de la oficina

Hoy el jefe me ha pillado haciendo números en horas de oficina. Me ha echado una bronca que han temblado las paredes.

“¡No está usted aquí para trabajar!”, me ha dicho, “¡sino para hacer literatura!”.

Pero desde que me contrataron en la Oficina de Fomento de las Letras n.º 145 (sita en Nuevos Ministerios, en pleno Paseo de la Castellana), mi inspiración está seca.

No es que la idea fuera mala: juntar en un pabellón industrial mal iluminado a decenas de creadores, y fingir que se les pone a trabajar en asuntos banales (y venales): formularios oficiales, contabilidad, balances, inventarios. El ministro esperaba que, como tantas veces ha sucedido ya, el sufrimiento por la mundanidad y materialidad brutal de la vida cotidiana nos llevase a componer sonetos, novelas cortas, obras de teatro, y así elevar la literatura patria a niveles de los que nunca debió salir. Como idea no era descabellada, aunque sí ingenua.

El problema es que la máscara cayó muy pronto, y muy pronto nos dimos cuenta de para qué estábamos realmente allí. No había más que ver la decepción de nuestros jefes cuando les entregábamos las cuentas hechas, los impresos rellenados, las listas de nombres y números de cuenta perfectamente alineados en la hoja de cálculo. Y en cambio, su sonrisa lobuna de satisfacción cuando el teclear de los ordenadores era sustituido por el rasgueo clandestino de los lápices tachando un adjetivo.

Pero a mí me resulta imposible. Veo el gran reloj anodino del fondo y pienso: “Para esta hora ya debería haber escrito la primera frase de mi cuento de hoy”; llega la pausa del almuerzo y me angustio porque todavía no he encontrado el tono adecuado, o el narrador preciso para la historia que quiero contar. Entonces, a primera hora de la tarde y para distraerme, hago números. Los números que se supone que no debo hacer, aunque me pagan supuestamente para hacerlos. Y cuando antes de salir se los entrego al jefe, este se pone colérico:

“¡Muy bien trabajo, Pérez, muy buen trabajo!”, dice, aunque el tono en que lo dice me está llamando cosas que a mi madre no le gustaría escuchar.

Y cuando cierro la puerta a mis espaldas parar irme a casa, derrengado y vacío, todavía le oigo decir: “Ya sabía yo que no se puede confiar en los escritores…”.

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