Montoncito de ceniza

Llego a casa una noche y hay en mi cuarto, en el centro de mi cuarto, en el suelo, un montoncito de ceniza. Encima del montoncito de ceniza, mezclado con la ceniza, hay algo que parecen plumas o jirones de tela. Cojo la escoba y el recogedor y limpio el montoncito de ceniza, y me voy a dormir.

Llego a casa al día siguiente y en mi cuerto encuentro, otra vez, en el mismo sitio, el mismo montoncito de ceniza. Miro al techo, blanco, inmaculado, impenetrable. Miro por la ventana, donde ladran los perros. Cojo la escoba y el recogedor y limpio, una vez más, el montoncito de ceniza, y me voy a dormir.

El tercer montoncito de ceniza me espera al día siguiente en el mismo sitio, en el centro del cuarto, en el suelo. Pregunto a mi compañero de piso a ver si sabe algo. No le gusta la pregunta. ¿Qué insinúas? Yo no entro en tu cuarto cuando tú no estás. Cojo la escoba y el recogedor y limpio, algo aprensivo ya, el montoncito de ceniza, y me voy a dormir.

Al día siguiente pongo, para ver qué pasa, unas hojas de periódicos en el centro del cuarto, donde aparece cada día el montoncito de ceniza. Cierro la puerta de mi cuarto con llave, guardo la llave en el bolsillo y me voy a trabajar. Cuando vuelvo a casa el montoncito de ceniza está ahí, pero por debajo de las hojas de periódico. Tiemblo, rujo de desesperación, golpeo la pared con el puño. Luego quito los periódicos, cojo la escoba y el recogedor y limpio, rojo de rabia, el montoncito de ceniza. Esa noche no consigo dormir.

Al día siguiente no voy a trabajar. Me quedo en casa, me quedo en mi cuarto y observo, durante todo el día, el lugar donde aparece cada día el montoncito de ceniza. No leo, no uso el ordenador, no cojo el teléfono, no cierro los ojos más de lo imprescindible, por miedo a que el montoncito de ceniza use cualquier despiste mío para aparecer. No bebo líquidos para no tener que ir al baño. Mastico pan para matar el hambre.

A primera hora de la tarde empieza a dolerme la cabeza. Los ojos me arden. Quiero dormir. Siento un temblor invisible en el aire. Levanto la vista a la ventana; la vuelvo a bajar al suelo, aterrorizado ante la posibilidad de que el montoncito de ceniza ya esté allí. No está. Me arden los ojos. El dolor de cabeza se ramifica por mis nervios provocándome calambres musculares.

Debo seguir mirando, esperando al montoncito de ceniza.

El cuerpo se me duerme en un cosquilleo doloroso. Siento calor; siento frío; siento calor. Los ojos se me quieren cerrar, me pellizco pero no siento el pellizco, creo que se me cierran los ojos, los vuelvo abrir. Al otro lado de la ventana ladran los perros, y se va haciendo de noche. Todavía no hay montoncito de ceniza. Oigo a mi compañero de piso llegar a casa, prepararse la cena, encender la televisión. Sigo concentrándome. El dolor de cabeza se extiende ya más allá de mi cabeza, mi cabeza está dentro del dolor y no al revés.

Luego, cuando ya creo que voy a desfallecer, me nace un brillo rojizo en la punta de los dedos. Lo miro extenderse por mi brazo, caliente y profundo, pero no doloroso. Mi cuerpo ya no me pertenece, se transforma, me invade una paz incomprensible pero indudable. Sé que el montoncito de ceniza ya está ahí, pero no lo veo. Sé que me he convertido en un montoncito de ceniza con restos de plumas o jirones de tela. Me encontrará mi compañero mañana, o pasado mañana, o al otro. Cogerá la escoba y el recogedor y limpiará, algo preocupado, el montoncito de ceniza.

Y se irá a dormir.

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