Confesión de un autor auto-inédito

Cuando publiqué mi primera novela, El hombre que, bueno, eso (y luego dicen no sé poner títulos), desarrollé hacia ella un comportamiento obsesivo que parece que es bastante habitual entre los escritores primerizos: la buscaba en las librerías, en las bibliotecas, en los aeropuertos. A veces la encontraba en las librerías; casi nunca en las bibliotecas; absolutamente nunca en ningún aeropuerto (aunque tampoco sé qué habría sentido si hubiera visto mi novela en uno de esos falsos ratings de los aeropuertos, en el puesto número 16, entre El amor llamó a mi puerta pero yo no estaba y Confucio se ha llevado mi queso en una motocicleta).

Y cuando efectivamente descubría un ejemplar de mi novela en una librería, hacía algo que no sé si es tan habitual: me quedaba un buen rato, todo lo que me permitiera mi agenda, acechando a su lado, vigilándolo, como protegiéndolo de un mal destino, no vaya a ser que mi niño se vaya con cualquiera y vuelva a casa embarazado. A veces un cliente se acercaba y pasaba sus ojos o su mano por la portada, se paraba a mirarlo (el título será malo, pero es llamativo, y la portada de estilo Lichtenstein quedó resultona) y entonces tenía la tentación de acercarme y decir: “He oído que esa novela es muy buena, debería comprarla”. Pero mi insuperable timidez me impide esa clase de bromas: qué miedo ser descubierto al ser comparado con la foto de la solapa y ser puesto en ridículo, “pues no estaba intentando engañarme para que comprase su novela, el escritorzucho este”.

Reconozco que también, como el Juan Pablo Castel de El túnel, acariciaba a veces la fantasía de encontrarme en una librería en el momento exacto en que una atractiva mujer con gafas y pelo negro (así me la imaginaba en mi fantasía) se decidía a comprar mi libro: yo la veía elegirlo entre todos los libros, desde mi escondite en la sección de manuales de bricolaje; la veía ojearlo, leer la contraportada, ojearlo otra vez y finalmente llevárselo con otros tres o cuatro en dirección a la caja. Luego, en mi fantasía yo la seguía discretamente (como Juan Pablo Castel), me enteraba de dónde vivía o trabajaba (como Juan Pablo Castel), y al cabo de un tiempo me acercaba a ella como haciéndome el aparecido y le preguntaba: “Entonces, ¿qué te pareció mi novela?”. Y ella, en vez de pegarme con el bolso y llamar a la policía, me decía que le había encantado, que había llorado un poco al final, y que si yo estaba libre le encantaría hablar conmigo con más calma; ella también era escritora (con gafas y pelo negro, tiene que ser escritora), y nos enamorábamos y compartíamos lecturas y manuscritos y hacíamos el amor a veces como animales y otras veces con ternura inacabable, y aquí terminaban (afortunadamente) las similitudes entre mi fantasía y El túnel.

En todo caso, nunca llegué a ver a ninguna compradora morena de gafas; de hecho, nunca llegué a ver a nadie comprar mi libro. En total gané unos 200€ con mi primera novela, de los que me gasté unos 150€ en comprar yo mismo ejemplares para regalar.

Lo siguiente que publiqué fue un volumen de cuentos (Inventario de absurdeces), que vendió todavía menos. Solo lo vi en la sección de libros un supermercado Carrefour. En total, calculo que debió de durar en las estanterías (en las pocas en las que llegase a estar a la venta) no más de dos semanas. Supongo que luego todos los ejemplares serían devueltos a la editorial, que procedería a destruirlos, así que este libro fue algo intermedio entre un aborto y un genocidio literario.

Así que después de estas dos experiencias decidí no publicar nada nunca más, nunca, nada. Cada vez que escribo algo de cierta extensión lo imprimo, lo encuaderno y lo quemo yo mismo. Así me ahorro disgustos…

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Un pensamiento en “Confesión de un autor auto-inédito

  1. Solo un apunte: en el Carrefour solo entran los super best sellers y libros de éxito. Si tu segundo libro se vendía allí, tu editor hizo negocio… Te la han liao…

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