Comunicación interrumpida

Un día, cuando Alicia y yo todavía no éramos Alicia y yo, me llegó un mensaje desde su móvil que decía: “M acompañas a pasear al perro?”. Alicia no tiene perro, nunca lo ha tenido, nunca lo tendrá, no le gustan, le dan alergia, le dan repelús. Pero yo quería pasar tiempo con Alicia fuera cual fuera la excusa, real o imaginaria.

Le contesté: “No tiens perro, pero si quiers t acompaño d todas formas”. Y medio minuto después, aproximadamente, su respuesta: “Como t oiga Barqui t muerd el cuello. A las 7 en Alameda, salida metro?”. Esta Alicia, siempre tan imaginativa. Barqui: menudo nombre para un perro inexistente. “A las 7 Alameda salida metro, echo!”, le contesté.

Y allí estaba yo, a las 7 en Alameda salida metro, con mi mejor camisa de cuadros y mis deportivas blancas más blancas, esperando a Alicia y pensando en posibles temas para hablar con ella más allá del tiempo y del trabajo. Pero Alicia no apareció. Esperé un cuarto de hora; esperé media hora. Soy un hombre paciente, y tenía un libro. Esperé cuarenta minutos. Había unas cuantas mujeres con perro, pero ninguna era Alicia.

A las ocho menos cuarto la llamé, molesto pero intentando no sonar demasiado molesto: “Alicia, soy Santi. ¿Dónde estás?” Y ella, sorprendida y divertida: “¿Cómo que dónde estoy? En casa…” Y yo: “¡Habíamos quedado a las 7”. Y ella: “¿A las 7? ¿Que habíamos quedado? ¿De qué hablas?” Y yo: “¡De que habíamos quedado a las 7! ¡Me has escrito tú para preguntarme si quería acompañarte a pasear al perro!”. Y Alicia: “Santi, yo no tengo perro. ¿Qué leches me estás contando?”. Y yo, ya francamente enfadado y por lo tanto más valiente que de costumbre: “Mira, Alicia, estoy en Alameda, al lado de tu casa, baja y nos tomamos un café y me lo aclaras”.

Y esta vez sí llegó Alicia, sin maquillaje y vestida de chándal y resplandeciente. Nos sentamos en la terraza del quiosco de Alameda y nos pedimos dos imperiales. Le enseñé los mensajes. Ella no daba crédito. Se reía. “Chico, te están tomando el pelo. Yo no tengo perro, ni ganas”. Me enseñó su móvil, la carpeta de mensajes enviados. No había ninguno para mí, y sí varios para un tal Pedro, lo que no resultaba especialmente tranquilizador.

Entonces vibró mi móvil. Un mensaje. De Alicia. La miré. Miré al móvil. La miré. Abrí el mensaje: “T e stado sperando asta las 8 y no as vnido. Quien t cres q ers. Mbecil.” Se lo enseñé a Alicia, que se empezó a reír. Así que era eso, pensé, una de las bromas de Alicia. Pero “no, no, no”, aclaró, “yo no tengo nada que ver, lo que me hace gracia es que seas capaz de enfadar hasta a mujeres desconocidas”.

Muy divertido todo.

“No sé quién eres”, respondí al mensaje. Destinatario: Alicia. Enviar.

Y entonces el que vibró fue el móvil de Alicia. Y otra vez pensé: “Te pillé. Se acabó la broma”. Pero no. Ella miró el móvil. Le cambió la cara. Me miró. Me pidió que le enseñara el mensaje enviado. Me enseñó el móvil. El mensaje que ella había recibido, enviado desde mi número, decía: “M acompañas a pasear al perro?”

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3 pensamientos en “Comunicación interrumpida

  1. Al más puro estilo “The ring”. ¡Inquietante! (Aún siento el escalofrío que ha recorrido mi espalda al leer el final… ¡brrrrrr!).

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