Como la vida misma

Ayer una amiga me llevó al teatro; o sea, no, me llevó a ver teatro, pero no al teatro porque era una de esas piezas de calle que están ahora tan de moda. Yo nunca he sido muy de cosas experimentales, pero mi amiga me dijo que quería ir y yo soy muy de hacer lo que mis amigas quieren, sobre todo si tienen ojos azules y parpadean mucho.

Según la información que había en internet la obra era “una reflexión (meta)realista-continua sobre el concepto de simulación de Baudrillard aplicado a la existencia cotidiana del individuo post-industrial”. Yo me imaginaba gente corriendo desnuda por la calle paseando el cadáver de una cabra.

Cuando llegó la hora estábamos allí reunidos en una esquina de la Plaza Nueva unos cincuenta tipos, que luego llegamos a ser cien o más, porque ya se sabe que multitudes llaman a multitudes. Algunos habían aprovechado para pedirse un crianza y un pintxo, ya que estamos.

La obra empezaba como sin empezar: quiero decir que todavía no tengo muy claro cuándo empezó la obra. Estaba anunciada para las siete. Eran las siete y cuarto. Nada. Las siete y veinte. Nada. Luego una mujer mayor con abrigo de piel dijo: “pero bueno, ¿esto cuándo empieza?”, y hubo risas y alguien le contestó una grosería, y la señora se indignó: “es que si no empiezan yo tengo otras cosas que hacer” y “esto es una falta de respeto” y “los jóvenes os pensáis que todo el monte es orégano” y “no me extraña que estemos como estamos”. Y claro, como la mayoría de los que estábamos allí éramos más o menos jóvenes, pues le empezaron a llover insultos.

Y yo pensé: ya está, es esto. Y mi imaginación se arrellanó en el sillón mental metafórico en que nos sentamos cuando vemos algo que reconocemos que no es verdad. Habrían podido linchar a la señora allí mismo, que yo lo habría asumido como parte del espectáculo.

Pero unos pocos gritos después la señora decidió marcharse, y pensé: pues no, no era esto. Habrá que esperar.

La gente iba y venía. Algunos éramos fijos y aguantábamos como titanes, pero muchos otros eran curiosos, paseantes, turistas.

A las siete y media hubo un tumulto: un matrimonio mayor decía que “hemos cogido al moro ese con la mano en el bolso” y “son todos unos chorizos” y “había que mandarlos a todos a su país”, y otra vez respuestas acaloradas, sobre todo de un chaval con barba y rastas que me sonaba de algún sitio.

Y yo pensé: ahora sí, esta es la obra. Reflexión postmoderna con un toque social, qué apropiado. Y otra vez al sillón mental metafórico.

Pero luego vino la policía, o algo que se parecía mucho a una pareja de policías, y se llevó al chico moro, y o estaban muy bien caracterizados o esto tampoco era parte de la pieza. ¿Y no está prohibido disfrazarte de policía en la vía pública?

A las ocho menos cuarto empezaba a estar un poco harto. Tres veces más pensé que empezaba la pieza, en forma de comedia satírica, pastiche absurdo o melodrama romántico (una chica se puso a discutir con su novio por el móvil y terminó llorando).

A las ocho y cuarto, con el grupo de espectadores ya bastante reducido, le dije a mi amiga que me iba a casa. Que me parecía una falta de respeto empezar la obra una hora tarde.

Y ella: “no te has enterado de nada. La obra ya ha empezado. La obra ya había empezado mucho antes de que nosotros llegásemos aquí”.

Y yo, para no quedar como un idiota: “Pues puede ser, pero ya he visto bastante”. Nos dimos dos besos (“la última vez que vengo a una cosa de estas para intentar pillar”, pensé) y me fui hacia el metro.

Pero cuando estaba saliendo de la Plaza Nueva me crucé con un grupo de chavalillos con las caras cubiertas por palestinos o pasamontañas que iban corriendo escapando de algo y pensé: ¿será esto? ¿Vuelvo? Pero luego dije: no, no puede ser. Y más adelante vi a un borracho con su bric de Don Simón hablando solo y pensé: ¿será esto? ¿Habrán sembrado el Casco Viejo de monologuistas para que nos los vayamos encontrando? Y luego: no, este borracho está siempre aquí, si él es parte de la obra quiere decir que la obra dura ya varios meses.

En fin, que la experiencia me dejó algo confuso. No sé si vi una obra o no; no sé ni cuándo empezó, si empezó, ni cuándo acabó, si es que ya ha acabado. Me hace gracia pensar que otras personas pudieron creer que yo mismo era un actor de la compañía interpretando un papel. En todo caso, no había gente desnuda paseando el cadáver de una cabra, lo que ya es un punto a favor.

Y además era gratis.

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