La erre

Cuando era niño no sabía pronunciar bien la erre.

Ya está, ya lo he dicho.

No sabía pronunciar ninguna erre: ni la simple ni la doble. En vez del sonido vibrante que le corresponde, yo pronunciaba un sonido sibilante-líquido-lateral, mezcla de erre, ese, ele y uve doble. Todavía sé pronunciar ese sonido, aunque no me sirva de nada.

Para hacerme practicar, repetía palabras con erre. Era inútil, claro: un error no se corrige por repetirlo muchas veces. Mis padres me decían: “A ver, di ‘locomotora'”. Y yo: “locomotowa, locomotowa, locomotowa”. Y al final, harto y astuto: “Máquina de los vagones”. La historia todavía se recuerda en cumpleaños y cenas de navidad.

Y de repente, un día supe pronunciar la erre. Por accidente, intentando imitar el sonido de un coche, de un avión, de un motor, hice “rrrrrr”. Y mis padres, mis profesores, alborozados: “¡Pero si eso! A ver, Santi, vuelve a hacerlo: rrrrr”. Una fiesta de la fonética.

Me pregunto si hoy sería una persona distinta si no hubiera aprendido a pronunciar la erre. Imaginemos, que es gratis: si hubiera llegado a ser un adolescente que no sabe decir “perro” mis compañeros se habría metido conmigo por eso. A lo mejor me habrían puesto un mote por eso: algo como “wawa”, que gritarían a pleno pulmón cada vez que el profesor me preguntase algo o me sacase a la pizarra. Eso (imaginemos) podría haber minado mi autoestima; por lo menos, mi seguridad para hablar en público. A lo mejor habría desechado la idea de ser profesor (¿Un profesor de literatura de secundaria que pronuncia “litewatuwa”? Blanco fácil para los matones. ¿Un profesor de español que no puede enseñar a sus alumnos a pronunciar correctamente? Un contrasentido). A lo mejor habría estudiado Derecho, o Psicología, o Aeronáutica. Nunca habría ido a Escocia, ni a Irlanda, ni a Lisboa.

Nunca habría llegado a conocer a Alicia.

O a lo mejor sí, a lo mejor habría encontrado una forma de llegar al mismo punto por distinto camino.

Lo único que podemos saber es que el mundo dejó de ser el mismo que era, y yo me convertí en una persona distinta, la primera vez que dije “perro”.

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3 pensamientos en “La erre

  1. Yo tengo unos amigos que son incapaces de pronunciar la r. Es que son nacidos en Francia, claro que allá no creo que hayan tenido ningún problema con los matones por eso…

  2. Pues lo de la ‘r’ es algo bastante común… Pero te voy a contar un secretillo. Mi hermano no podía pronunciar la ‘g’, y en su lugar pronunciaba la maldita ‘r’. Así, decía “maro” en vez de mago, o “rato” en vez de gato, con la dificultad añadida de que la primera ‘r’ era suave, como los ingleses…

    No era un asunto sencillo, sobre todo porque su nombre es Íñigo. Ante la insistencia del mundo (profesores, familia, amigos, gente que pasaba) en que dijera su nombre correctamente (“Íñigo con g”, le decíamos), él aprendió a contestar “Me llamo Íñiro con g”…

    En fin, que tu anécdota me ha hecho recordad esta otra 😀

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