La voz de su amo

Cuando era un chaval (tendría diez o dice años) hubo una época en la que me dio por grabar mi voz con un magnetofón viejo que tenía mi abuelo. Grababa cinta y cintas de casette, con todo lo que se me ocurría. Sobre todo, historias que inventaba y que no eran muy distintas a esta, aunque sí, eran distintas. Había aventuras y acción y mucha imaginación y mucha incoherencia (¿he dicho ya que tenía diez o doce años?). Yo, o alguien que se parecía mucho a mí (tanto como para poder confundirse conmigo en mi fantasía) era el protagonista de ficciones maravillosas y a veces algo terroríficas de las que al final siempre salía bien parado, solo para empezar otra inmediatamente. El Tintín de Ibarrekolanda, ese era yo.

Había una historia en la que peleaba valientemente con gorilas gigantes. Es de los pocos detalles que recuerdo.

Cuando me cansaba de grabar, o cuando se acababa la cinta, la guardaba en su caijta y la ponía en una balda. Nunca volvía a oír lo que había grabado. A casi nadie le gusta oír su propia voz, y además, las historias me habrían resultado aburridas: si ya sabía lo que iba a pasar, ¿qué interés tenían? A veces incluso, por ahorrar o por descuido, grababa encima de las historias anteriores: el placer no estaba en conservar o en coleccionar, sino en crear e inventar.

Pasado un tiempo, cuando ya había grabado unas cuantas de esas cintas, mis hermanos las cogieron (las sustituyeron por otras de música para que no me diera cuenta) y se las pasaron a un amigo que trabajaba en una emisora de radio local, de esas piratas que aparecieron como champiñones en los años 80. No sé si lo hicieron con buen espíritu como broma; sea como sea, las cintas nunca llegaron a emitirse, y tampoco se las devolvieron. Cuando descubrí que me las habían quitado, y a pesar de que realmente yo no las quería para nada, lloré de rabia, le pegué unos cuantos puñetados a un cojín y juré odio eterno a mis hermanos (odio que duró aproximadamente tres días).

Nunca hablé de estas cintas, no por vergüenza ni por pena; simplemente eran una anécdota infantil sin importancia.

Hace poco iba conduciendo por la A1 en dirección a Bilbao, para una conferencia. Tenía puesta la radio, que se sintonizaba y desintonizaba sola. De repente cogió una emisora (¿Radio Popular?) y ahí salió, como un chillido, como un insulto, mi propia voz infantil, aguda, sinuosa, extraña, ajena. Con un toque pedante que casi me hizo dar un frenazo. Ni idea de cómo llegaron mis cintas a esa cadena; ni idea de por qué decidieron emitirlas. ¿Sería cosa de una vez? ¿O me habría convertido en una sección fija de su programa?

Los presentadores se reían al fondo de mi voz. Yo hablaba de un Emperador japonés malísimo al que le arrancaba los bigotes para usarlos como látigo. Y los presentadores volvían a reírse.

La conferencia fue bien, me aplaudieron mucho. Hablaba sobre la repercusión historiográfica ibérica de las innovaciones poéticas gongorinas.

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2 pensamientos en “La voz de su amo

  1. y tus derechos de autor? 😉 qué jetas!
    ya estoy indagando y navegando por estas mareas literaras!
    un abrazo. esther

    • ¡Pues bienvenida! Me alegro de que estés por aquí, a ver si así te animas a empezar también tu un blog propio. Eso sí, como le dije a otra lectora una vez, no te creas nada de lo que leas. O bueno, casi nada… 😛

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