Un cuento navideño-académico

A partir de una conversación con F. C. y R. M.

Fue durante la primera fiesta de Navidad del Departamento a la que asistí. Llegué un poco tarde, y ya estaba casi todo el mundo comiendo, bebiendo y hablando forzadamente de temas más personales que de costumbre. Un CD de villancicos sonaba a un volumen tan bajo que casi lo superaba el zumbido de los fluorescentes.

Nada más entrar me llamó la atención una fuente enorme que estaba en medio de la mesa: una especie de pastel de carne picada, como una hamburguesa gigante de dos dedos de anchura rodeada por dos capas finísimas de hojaldre. Una elección curiosa para una fiesta de Navidad, pensé. Muy poco académico, pensé. Mientras me servía se lo comenté a una mujer que estaba a mi lado y a la que solo conocía de vista. Me miró con una compasión que parecía infinita y totalmente fuera de lugar.

-Tú eres nuevo aquí, ¿no?

Y sin esperar a la respuesta se alejó muy despacio hasta sentarse en una silla junto a la puerta.

Yo saludé a tres o cuatro personas y terminé atrapado en una esquina con Pedro Menéndez, un prometedor experto en Pérez Galdós, y Mariana Rojas, profesora de literatura hispanoamericana. Al principio, estuvimos ahí sonriéndonos como tontos, sin hablar. Luego me acordé de que Pedro había publicado recientemente un libro en la que había estado años trabajando: Relecturas postcoloniales en la novelística galdosiana. Le felicité. Estaba recibiendo críticas muy positivas: se decía que ese libro lo situaba como uno de los más relevantes, si no el más relevante experto galdosiano de España y de Europa, dando paso a una nueva generación de estudiosos con nuevas perspectivas teóricas, etc., etc.

-Gracias, muchas gracias -me contestó, pero sin sentimiento, como si se sintiese superado por los elogios, y siguió masticando como un rumiante pensativo.

La conversación murió otra vez. De hecho, se notaba un ambiente pesado y lúgubre. La gente se acercaba a la mesa y se servía pedazos más o menos grandes de carne, silenciosos y tensos como ante un altar. Pero nadie parecía notar nada extraño. O nadie lo comentaba ni intentaba solucionarlo.

Miré alrededor e hice recuento.

-Aquí falta gente, ¿no? -pregunté.

-Sí -me contestó Mariana, con los ojos demasiado abiertos.

-Falta Luckas, que está en Polonia viendo a la familia… y el profesor Manuel Alberca… pero bueno, él nunca viene a estas cosas… ¡Ah, y también Rodrigo López Martín, Pedro… tu director! ¿No va a venir?

Pedro empalideció y dejó de masticar. Los ojos de Mariana parecían a punto de saltar de las órbitas. Pensé que igual no me había oído bien, así que insistí.

-¿No está aquí tu director, Pedro? ¿No va a venir?

La gente seguía sirviéndose ritualmente trozos de carne. Yo también tenía una buena ración en el plato.

Por las mejillas de Pedro empezaron a caer lágrimas enormes. Mariana estaba roja y le temblaban los labios.

-¿Es que nadie te ha contado…?

Sentí que algo se me iba revolviendo por dentro, aunque todavía fuese algo indefinido, nebuloso.

-No, ¿qué?

Nadie contestó. Miré a Pedro, que seguía llorando, ahora ya con sollozos sonoros. Y a Mariana, que le pasaba una mano por los hombros.

-¿Qué? ¿Qué?

Se había hecho un silencio frágil y respetuoso en la sala. Alguien más lloraba, no sé quién.

-Era como un padre para mí -dijo Pedro, llevándose el tenedor otra vez a la boca.

Empezó a sonar “Campana sobre campana” en el CD. Todo el mundo miraba hacia nuestra esquina. Dejé mi plato encima de la mesa y salí de la sala, tirando una silla a mi paso.

Anuncios

2 pensamientos en “Un cuento navideño-académico

  1. Joooo, si querías bajar el ánimo de alguien, ya tienes aquí a una voluntaria forzosa…. ¡Qué deprimente!
    ¿Quién no ha pasado por una de esas comidas espantosas de departamento en la que a nadie le apetece charlar con los demás y hay que fingir que todos nos llevamos bien?
    La verdad es que por un momento (en plan “Delicatessen”) pensé que la hamburguesa gigante era el director ausente… (¡NOOOOOOO, NI SE TE OCURRA CONFIRMAR TAL CONJETURA; ME EQUIVOCO, SEGURO!).
    Algo sí me gustó (menos mal) y fue volver a saber de Luckas (caray qué bien me cayó el día que os fuísteis juntos al salir de clase para compartir unas cervezas).
    Jajaja, vale, ¿eh?, que no olvido que “cualquier parecido con la realidad es pura casualidad”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s