Agua hirviendo

Dicen que si miras fijamente una olla puesta al fuego, el agua nunca hierve. Así que, con intención científica y espíritu aventurero, me dispongo a demostrar la falsedad de este mito urbano: lleno un cazo con agua, lo pongo al fuego y me planto delante con una silla y la mirada fija, sin pestañear.

Al principio no pasa nada, y pienso que la leyenda urbana va a tener razón: que algún tipo de principio de incertidumbre casero permite ver el agua y hervir el agua, pero no las dos cosas al mismo tiempo. El fuego lame el cazo, y el agua nada. Empiezan a picarme los ojos.

Y luego, con una sutileza casi imperceptible, aparece la primera burbujita en el fondo del cazo. ¿La primera? No, ahí hay otra. Es imposible saber cuál ha sido la primera, por dónde ha empezado la ebullición. (¿Es esto ya ebullición? ¿El agua ya está hirviendo? No, no puede ser esto, espera, tienes que esperar más). Las burbujitas, surgidas de la nada, se multiplican, forman una especie de piel aérea en la cara interna del cazo. Como perlas transparentes que se reproducen de una manera promiscua y misteriosa.

Pasa el tiempo y pienso que, si esto es todo, no ha merecido la pena.

Pero entonces, después de una transición continua que engaña al cerebro y lo confunde, ya no hay duda de que estamos en otra fase. El cazo humea, hay un temblor silencioso en la superficie. Las burbujas han crecido de tamaño, y de vez en cuando algunas de ellas se escapan hacia el borde y dejan a su paso un reguero limpio de metal. O de agua. Ya no sé. Tengo la sensación de que si parpadeo se acabará el milagro. Creo que empiezo a oír un zumbido (¿lo estoy oyendo o lo estoy imaginando?).

Las burbujas son ya  una manifestación, una revolución, un cataclismo. Ya no son burbujas: son ojos, ojos como de pez que se van formando en el fondo del cazo. Son cada vez más grandes, los ojos, vibran pegados al fondo al ritmo de una música que yo no conozco (pero que debería conocer). Cuando uno de esos ojos se desprende del fondo hacia el exterior, hacia arriba, barre a sus compatriotas, y deja un hueco enorme en su lugar: una cicatriz, un vacío. Me trae -no sé por qué- recuerdos de una ciudad donde viví, y un reloj enorme.

Ahora ya no hay momento de descanso: en oleadas, aludes, marabuntas las burbujas y los ojos se atropellan mutuamente, pero inmediatamente son sustituidos por otros, nuevos, ojos. ¿De dónde vienen? ¿De dónde salen? ¿De quién? ¿Por qué? Suben, suben, tropiezan, crean en el centro un agujero negro palpitante y primitivo, fijo en él la mirada, tengo que hacer esfuerzos para que no se me salten las lágrimas, el vapor me quema la frente, se me está acabando el tiempo. Las turbulencias rompen la superficie del agua. Chapoteos. Salpicones. Espuma.

¿Es esto agua hirviendo? ¿He desmontado el mito, la leyenda urbana, la superstición? ¿He contribuido con mi esfuerzo a ampliar los límites del conocimiento humano?

Solo hay una forma de comprobarlo: sin apartar la mirada me remango y meto la mano en el cazo, hasta el fondo, y la mantengo ahí hasta que empieza a enrojecer y sufrir espasmos.

Luego parpadeo, aliviado, satisfecho, y me desmayo.

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4 pensamientos en “Agua hirviendo

  1. Sólo un matiz: quizá ha faltado el grito desgarrador pocos segundos tras el contacto entre el agua y la piel. Te lo digo por experiencia, que una vez me derramé un poleo menta hirviendo encima, y no es una experiencia que recuerde con agrado.

    Por lo demás, brillante, como de costumbre.

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