Negro

Cuatro meses después de que Alicia y yo cortásemos -por última vez-, nos encontramos por casualidad en el mercado de Arroios. Parece que ninguno de los dos había querido renunciar a ese espacio común. No habíamos hablado prácticamente desde la ruptura (salvo para asuntos burocráticos o económicos que resolvíamos con frialdad funcionarial) así que es normal que tuviéramos telarañas en la garganta.

Ella estaba muy guapa, llevaba una falda que yo no conocía.

Nos preguntamos lo típico, qué tal va todo, el trabajo, la familia, ¿ya cuidas bien de los peces?, el otro día encontré un libro tuyo, a ver cuándo te lo devuelvo. Luego ella: “Santi, hay algo que querría contarte antes de que te enteres por otro sitio”. “¿Qué?”, le pregunté, aunque ya me lo veía venir. “Estoy saliendo con otra persona”.

Querría haberle dicho: me alegro por ti, me alegro por vosotros, la vida sigue, deseo que seas muy feliz, te mereces lo mejor, es un hombre con suerte, a ver cuándo puedo conocerle, amabilidades vacías y poco sinceras, vamos.

Pero lo que realmente salió de mi cerebro y de mi boca fue: “¿No será negro?”.

No sé en qué abismo de mi conciencia nació esa pregunta. No soy racista. No creo ser racista, aunque en vista de esa pregunta a lo mejor debo replanteármelo. Además, ¿qué me daba a mí que fuera negro, rubio, mujer o checoslovaco? Alicia ya no estaba conmigo, ahora podía convivir con un burro y un grupo de pastores y eso no afectaría en nada a mi vida. Pero lo que había preguntado no era si convivía con un burro y un grupo de pastores, sino: “¿No será negro?”.

La cara de Alicia conseguía transmitir simultáneamente sorpresa, pena y rabia. Incluso parecía tambalearse, como si le hubiera dado un puñetazo en el hombro. “¿Qué clase de pregunta es esa?”, me dijo. Quise explicarle que estaba todavía medio dormido, triste, solo, que estaba de resaca, enfermo, desorientado, explicarle; pero cuando iba a empezar me entró un cansancio enorme ante la enorme tarea de rectificación que tenía delante de mí y decidí dejarlo estar.

“Que si es negro”, insistí, “que si te has pasado a negro, como dicen”.

“Adiós, Santi”, contestó ella, muy dignamente (y muy acertadamente también). “Te dije muchas veces que eras un imbécil, pero no sabía cuánta razón tenía”.

Después de eso, como se puede comprender, cualquier reconciliación entre Alicia y yo resulta sencillamente inimaginable.

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2 pensamientos en “Negro

  1. Me gustan más las historias de Santi, que son originales de verdad. La de Rosa Montero está muy bien escrita (no podía ser de otro modo), pero es una leyenda popular ampliamente difundida sólo que con variantes de aeropuertos y galletitas. ¿A qué viene que arguya autenticidad? Para mí eso le sobraba.

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