Jorge Semprún: “La escritura o la vida” (2)

Las muchachas de la Mission France vestían uniformes azules que ceñían sus cuerpos. Querían visitar el campo, les habían dicho que era apasionante. Me rogaron que las acompañara. […] Entonces, otra muchacha exclamó:

-¡Pero si no parece estar nada mal!

Miraba los barracones de un verde llamativo, en el perímetro de la plaza. miraba el parterre de flores delante del edificio de la cantina. Después vio la chimenea maciza del crematorio, en un extremo de la plaza.

-¿Y eso, es la cocina? -preguntó.

Deseé estar muerto durante una fracción de segundo. Si hubiera estado muerto, no habría podido oír esta pregunta. De pronto, sentí aversión hacia mí mismo por ser capaz de oír esa pregunta. Por estar vivo, en suma. Era una reacción comprensible, aunque fuera absurda. Excesiva, cuando menos. Pues si tal pregunta respecto a la cocina me sacaba de quicio era precisamente por no estar realmente vivo. Si yo no hubiera sido una parcela de la memoria colectiva de nuestra muerte, la pregunta no me habría irritado. En lo esencial, yo solo era un residuo consciente de toda esta muerte. Una brizna individual del tejido impalbable de esta mortaja. Una partícula de polvo en la nube de ceniza de esta agonía. Una luz todavía palpitante del astro apagado de nuestros años muertos.

[…]

-Vengan -dije a las mujeres de la Mission France-, se lo voy a enseñar.

Las conduje hacia el edificio del crematorio, que una de ellas había tomado por una cocina.

¿Enseñar? Tal vez la única posibilidad de hacer comprender fuera, efectivamente, hacer ver. Las muchachas de uniforme azul, en cualquier caso, vieron. Ignoro si llegaron a comprender, pero lo que se dice ver, vieron.

Las hice entrar por la puertecita del crematorio, que llevaba al sótano. Acababan de comprender que no era una cocina y, de repente, enmudecieron. Les enseñé los ganchos donde colgaban a los deportados, pues el sótano del crematorio también servía de sala de tortura. les enseñé los látigos y las porras. Les enseñé los montacargas que subían los cadáveres a la planta baja, directamente delante de la hilera de hornos. Subimos a la planta baja y les enseñé los hornos. Ya no tenían nada que decir.

[…]

Les enseñé la hilera de hornos, los cadáveres medio calcinados que habían quedado en su interior. Casi no les hablaba. Les nombraba sencillamente las cosas, sin comentarios. Era necesario que vieran, que trataran de imaginar. Después las hice salir del crematorio, al patio interior rodeado de una alta empalizada. Una vez ahí, ya no dije nada, nada en absoluto. Las dejé que vieran. Había, en medio del patio, un amasijo de cadáveres que superaba con mucho los tres metros de altura. Un amasijo de esqueletos macilentos, torsionados, con ojos de espanto.

[…]

Oía en la lejanía el ritmo alegre del ‘gopak’ y me dije que aquellas muchachas nada tenían que hacer aquí. Era una idiotez tratar de explicarles. Más adelante, dentro de un mes, dentro de quince años, en otra vida, podré sin duda explicarle todo esto a cualquiera. Pero hoy, bajo el sol de abril, entre el rumor de las hayas, estos muertos horribles y fraternales no necesitaban ninguna explicación. Necesitaban que viéramos, sencillamente, que viviéramos con todas nuestras fuerzas con la memoria de su muerte: cualquier otra forma de vida nos separaría del arraigo en este exilio de cenizas.

Había que sacar de allí a esas muchachas de la Mission France. Me giré, se habían marchado.

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Un pensamiento en “Jorge Semprún: “La escritura o la vida” (2)

  1. En agosto de 2009 visité Birkenau. Ví. Entré en el crematorio. Visité los barracones. Ví. Ví. Ví. Al regreso, silencioso, hasta el apartamento que teníamos alquilado en Cracovia, vomité. Pasé la tarde metida en la cama.
    Septiembre de 2011 quise conocer Terezin. También entré en el crematorio. También visité los barracones, las celdas de castigo, el patio… Y esta vez vomité en el apartamento de Praga. También pasé la tarde con un increíble dolor de cabeza metida en la cama.

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