Jorge Semprún: “La escritura o la vida”

Habrá supervivientes, por supuesto. Yo, por ejemplo. Aquí estoy como superviviente de turno, oportunamente aparecido ante esos tres oficiales de una misión aliada para contarles lo del humo del crematorio, el olor a carne quemada sobre el Ettersberg, las listas interminables bajo la nieve, los trabajos mortíferos, el agotamiento de la vida, la esperanza inagotable, el salvajismo del animal humano, la grandez del hombre, la desnudez fraterna y devastada de la mirada de los compañeros.

¿Pero se puede contar? ¿Podrá contarse alguna vez?

La duda me asalta desde este primer momento.

Estamos a 12 de abril de 1945, el día siguiente de la liberación de Buchenwald. La historia está fresca, en definitiva. No hace ninguna falta un esfuerzo particular de memoria. Tampoco hace ninguna falta una documentación digna de crédito, comprobada. Todavía está en presente la muerte. Está ocurriendo ante nuestros ojos, basta con mirar. Siguen muriendo a centenares, los hambrientos del Campo Pequeño, los judíos supervivientes de Auschwitz.

No hay más que dejarse llevar. La realidad está ahí, disponible. La palabra también.

No obstante, una duda me asalta sobre la posibilidad de contar. No porque la experiencia vivida sea indecible. Ha sido invivible, algo del todo diferente, como se comprende sin dificultad. Algo que no atañe a la forma de un relato posible, sino a su sustancia. No a su articulación, sino a su densidad. Solo alcanzarán esta sustancia, esta densidad transparente, aquellos que sepan convertir su testimonio en un objeto artístico, en un espacio de creación. O de recreación. Únicamente el artificio de un relato dominado conseguirá transmitir parcialmente la verdad del testimonio. Cosa que nada tiene de excepcional: sucede lo mismo con todas las grandes experiencias históricas.

[…]

Puede decirse todo de esta experiencia. Basta con pensarlo. Y con ponerse a ello. Con disponer del tiempo, sin duda, y del valor, de un relato ilimitado, probablemente interminable, iluminado -acotado también, por supuesto- por esta posibilidad de proseguir hasta el infinito. Corriendo el riesgo de no salir victorioso del empeño, de prolongar la muerte, llegado el caso, de hacerla revivir incesantemente en los pliegues y recovecos del relato, de ser tan solo el lenguaje de esta muerte, de vivir a sus expensas, mortalmente.

¿Pero puede oírse todo, imaginarse todo? ¿Podría hacerse alguna vez? ¿Tendrán la paciencia, la pasión, la compasión, el rigor necesarios?

[…]

El horror no era el Mal, no era su esencia, por lo menos. No era más que el envoltorio, el aderezo, la pompa. La apariencia, en definitiva. Cabría pasarse horas testimoniando acerca del horror cotidiano sin llegar a rozar lo esencial de la experiencia del campo.

Incluso si se hubiera testimoniado con una precisión absoluta, con una objetividad omnipresente -por definición vedada al testigo individual-, incluso en ese caso podría no acertar en lo esencial. Pues lo esencial no era el horror acumulado, cuyos pormenores cabría desgranar, interminablemente. Podría contarse un día cualquiera -empezando por el despertar a las cuatro y media de la madrugada, hasta la hora del toque de queda: el trabajo agobiante, el hambre perpetua, la falta permanente de sueño, las vejaciones de los ‘Kapos’, las faenas en las letrinas, las ‘schlague’ de los S.S., el trabajo en cadena en las fábricas de armamento, el humo del crematorio, las ejecuciones públicas, los recuentos interminables bajo la nieve de los inviernos, el agotamiento, la muerte de los compañeros-, sin por ello llegar a rozar lo esencial ni a desvelar el misterio glacial de esta experiencia, su oscura verdad radiante: ‘la ténèbre qui nous était éclue en partage’. Que le ha tocado en suerte al hombre, desde toda la eternidad. O mejor dicho, desde toda su historicidad.

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