Moscas

Qué verdad es que el diablo está en los detalles.

Un día, cuando Alicia y yo todavía no estábamos saliendo, ella me invitó a cenar a su casa; como amigos, aunque ya se notaba que había algo más en el aire.

Y efectivamente, en el aire había algo más: moscas. Zumbaban por su casa, que por las traseras daba a un jardín casi selva. Alicia había desarrollado una habilidad reptiliana para cazarlas. Estábamos en la cocina hablando con una copa de vino y de repente, zas, su mano salía disparada en una dirección aparentemente arbitraria, y una mosca caía fulminada al suelo. Y ella seguía hablando con su sonrisa deliciosa sobre el coche nuevo de su hermano (rojo, Santi, imagínate) o sobre la tienda de muebles que está en la Rua Garret que tiene lámparas monísimas pero es tan cara, qué pena.

Lo más curioso es que yo no veía las moscas. Sí las oía. A veces. No digo que no hubiera moscas, ya he dicho que sí las oía, y además ahí estaban los cadáveres después para probarlo. Pero yo no las veía hasta que Alicia las mataba. Era como si sus manotazos generasen moscas, o mejor, cadáveres de moscas. Aquí no hay una mosca; manotazo; aquí hay una mosca muerta donde antes no había una mosca viva.

Era bastante desconcertante el contraste entre el tono íntimo y a veces provocativo de nuestra conversación, y aquella actividad depredadora e insecticida. La sensualidad de la lengua de Alicia al acercarse la copa de vino a la boca quedaba completamente anulada cuando se agachaba a recoger el cuerpo del bicho y tirarlo a la basura. Por una irracional asociación de ideas, cada vez me apetecía menos besarla.

Aquella noche la cena fue bien, en un sentido tenso y surrealista. Nos hicimos confidencias, nos reímos e incluso en algunos momentos nos cogimos de la mano (esa mano, sí, la misma). Creo que ella estuvo a punto de pedirme que me quedase a dormir, pero en el último momento la distrajo un zumbido. En todo caso, creo que le habría dicho que no: quién quiere dormir sin saber si lo va a despertar un manotazo repentino y (sí, esta vez) homicida.

A partir de ese día intenté siempre quedar con ella en sitios que no fueran su casa y donde, a ser posible, no hubiera moscas ni ningún otro insecto. El recuerdo de aquella costumbre cazadora suya se fue olvidando, y cuando empezamos a salir ya era solo una divertida nota a pie de página en nuestra relación. Aunque a veces, cuando tocaba su piel en la zona del cuello…

No, nada. Da igual.

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3 pensamientos en “Moscas

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