El sofá

Cuando llevábamos cosa de diez meses saliendo, Alicia y yo empezamos a buscar una casa en la que irnos a vivir juntos. Era lo más conveniente en varios sentidos, y a los dos nos apetecía mucho, aunque también nos daba algo de miedo (la convivencia, el roce, las discusiones, esas zonas oscuras de la personalidad y de la persona que ya no puedes ocultar cuando vives con alguien 24 horas al día…). En fin, que después de buscar durante unas semanas encontramos un apartamento en Graça, nuestro barrio favorito, por un precio que, con dos sueldos, resultaba bastante asequible.

Quedamos con la dueña para verlo un jueves por la tarde, y el viernes ya estábamos llamando para alquilarlo. Tenía dos habitaciones (nuestro dormitorio y un despachito que usaría yo, fundamentalmente), cocina, salón, despensa y dos baños, uno con ducha y otro solo con lavabo y váter. La fachada daba al Largo da Graça, tenía la parada del 28 prácticamente en la puerta, y por la parte de atrás, sacando la mitad del cuerpo fuera y torciendo el cuello 90º, podía verse un pedacito del Puente Vasco da Gama. Estábamos encantados.

Pero las cosas empezaron a torcerse el día que fuimos al piso para firmar el contrato de alquiler. Alicia estaba de mal humor, o a lo mejor estaba yo de mal humor y lo proyectaba sobre Alicia. Ya de camino a la casa tuvimos una discusión tonta sobre no recuerdo qué; sí me acuerdo de que, al final de la bronca, yo le dije: “Tú no lo entiendes, porque no eres portuguesa”; y ella me respondió: “Ni tú tampoco, imbécil”. No hablamos más durante todo el camino, y no volvimos a sonreír hasta que la dueña nos recibió en el portal de la casa.

Pero ya todo estaba contaminado de mala leche. Recorrimos la casa con la dueña, que nos iba explicando detalles mínimos pero importantes (“aquí está la llave de paso del agua; esta persiana se atasca cuando hace calor; tened cuidado con este tirador, que se cae”), y yo iba mientras tanto inspeccionando los rincones con ojos nuevos. Ahora, el piso me parecía oscuro, húmedo, pequeño, incómodo. “Juraría que antes el pasillo no estaba tan inclinado”. “¿Ese cuadro siempre ha estado ahí?” “Haría falta repintar las paredes de la oficina, yo en un cuarto de ese color no puedo trabajar”. Alicia me tironeó de la manga de la chamarra: “Santi, no seas impertinente. No sé qué te pasa hoy, chico…”

Cuando nos sentamos en el sofá del salón a firmar el contrato, yo ya estaba de un humor espantoso, e incluso empezaba a notar los sudores fríos que predicen una indigestión o una gripe. No escuchaba nada de lo que decían Alicia ni la dueña sobre cuentas, pagos, cláusulas, seguros. De repente, tuve la impresión de que el sofá se movía bajo mi culo, con una ondulación animal o acuática.

-Este sofá…- dije.

-No le pasa nada al sofá, Santi, calla ya -Alicia, cortante.

Mientras ellas volvían a repasar el contrato y el inventario de la casa, yo me dediqué a estudiar el sofá. Era un sofá de tres plazas, sencillo y rectilíneo pero con salientes que no deberían estar ahí. No conjuntaba con el resto de la habitación: ocultaba algo. Estaba tapado por una tela con diseños orientales, pero por debajo crujía como si estuviera hecho de piel animal. La claridad de la tela no conseguía esconder del todo la oscuridad del sofá que tenía debajo.

-¿Por qué está tapado este sofá?

-Y dale con el sofá.

-Lo tengo tapado para que no se estropee con el sol -intervino la dueña, en portugués y con una sonrisa, la pobre.

-Deberían destaparlo. ¿Cómo vamos a alquilar un piso sin ver en qué estado están los muebles?

Y Alicia: “Santi, por dios, déjalo ya, qué más dará el sofá”.

Alicia y la dueña siguieron todavía hablando un rato más de cosas prácticas y útiles, como dónde hay y no hay enchufes, dónde están las tiendas más cercanas en el barrio o a quién llamar si algún día nos quedamos encerrados fuera de casa. Mi cabeza estaba en otra cosa: imaginaba el sofá en el que estábamos sentados como un ser demoniaco y perverso, directamente salido de un relato de Lovecraft. Lo veía corrompiendo lentamente nuestras almas y nuestras vidas, convirtiéndonos en seres como él, primitivos y voraces, asquerosos por dentro pero recubiertos de una capa de respetabilidad.

-¿Siempre hace tanto calor en este salón?

Alicia y la dueña me ignoraron, y se levantaron para sellar con un abrazo el final de las negociaciones. Yo aproveché la oportunidad: me puse también de pie, y con un grito que no sé de dónde me salió tiré de la manta que cubría el sofá, dejándolo por fin al descubierto. No había nada, o mejor dicho, lo que había era un sofá, simple y rectilíneo, de piel, algo corroído por el sol y el tiempo. Un sofá perfectamente correcto dentro de su falta de pretensiones. Un sofá en el que Alicia y yo podríamos haber pasado las largas noches de invierno viendo películas y comiendo palomitas debajo de una manta.

Pero ya daba igual: mientras miraba al sofá y a Alicia y a Alicia y al sofá, y cuando vi el modo triste y asustado con que Alicia me miraba mirarles a los dos, comprendí que todo era mentira, y que todo había terminado. Por supuesto, nunca llegamos a mudarnos a aquella casa, y aunque nuestra relación duró todavía algunos meses más, Alicia y yo nunca volvimos a hablar de vivir juntos.

Anuncios

Un pensamiento en “El sofá

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s