Chinua Achebe: “Un hombre del pueblo”

A Max no lo vengó la voluntad colectiva del pueblo, sino una mujer sola que lo amaba. Si su espíritu hubiera esperado a que el pueblo exigiera una reparación, allí seguiría esperando, bajo el sol y la lluvia. Pero Max fue afortunado. Y no lo digo para impresionar ni para hacerme el listo. Porque, sinceramente, creo que había llegado a su fin aquel régimen untuoso, grasiento, de “come y deja comer”; un régimen que inspiró el refrán de que solo podías estar seguro de lo que guardabas a salvo en la tripa o, en un lenguaje más acorde a los tiempos: “Tú saca tajada, que yo sacaré la mía, y asunto zanjado”; un régimen en el que por la mañana veías que se maldecía a un hombre por robarle el bastón a un ciego, y por la noche volvías a verlo subiéndose al altar del nuevo santuario en presencia de todo el pueblo para cuchichear al oído del jefe oficiante; en un régimen así, digo, tenías una buena muerte si tu vida había inspirado a alguien para que diera un paso adelante y disparara en el pecho a tu asesino… sin pedir dinero a cambio.

Chinua Achebe: Un hombre del pueblo

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