Prometeo encadenado

Al principio de su condena, Prometeo pasaba el día temblando de anticipación por la venida del águila, y realmente sufría más por la espera y el miedo que por el dolor. Cuando el águila empezaba a comerse su hígado, Prometeo se desmayaba y no volvía en sí hasta mucho más tarde, cuando ya había empezado a curarse.

Cayó después en un periodo de indiferencia casi absoluta, insensible al dolor, a la angustia, a la soledad. Los días pasaban iguales unos a otros y el águila cumplía su oficio con eficiencia y regularidad. Mientras ella se alimentaba, funcionarial y plumífera, Prometeo recapacitaba sobre la vida y el fuego, los dioses y los hombres, pero no llegaba a ninguna conclusión ni le importaba demasiado.

Pasado un tiempo, su relación con el águila pareció transformarse en una complicidad casi amorosa. Ella llegaba, se posaba sobre él con cuidado de no clavarle las garras más de lo necesario, y comenzaba a comerse su hígado, solo su hígado y nada más que su hígado, a través de un único agujero en la piel. Prometeo la miraba con dulzura y le hablaba con voz suave para no asustarla. Le decía, por ejemplo:

“Ven, águila, ven, no tengas miedo. Tú y yo estamos unidos por un mismo destino. Tan obligada estás tú a venir a comerte mi hígado cada día, como yo a darte mi hígado para que te lo comas. Los dos somos víctimas de los mismos dioses, y nuestro castigo es el mismo, aunque inverso. El dolor que me provocas no es dolor, porque me regenera y me hace crecer, y porque no hay dolor que a fuerza de repetirse no se convierta en costumbre. Yo te espero cada día, águila, como a una novia, y si un día no vinieras no sabría qué hacer. Entonces sí que estaría solo. Ven, águila, ven a esta cama de piedra”, etc.

Prometeo se pensaba feliz en aquella rutina simbiótica, y ya no deseaba otra cosa que ver el vuelo elegante de su compañera, sentir sus picotazos en el abdomen, el sueño exhausto, un nuevo amanecer completo. Luego llegó Hércules a liberarlo y a matar al águila, y entonces Prometeo descubrió dos cosas: que existía una vida más allá de la roca y el águila y el hígado; y que esa vida tenía sentido a pesar de todo. Aunque a veces, mucho tiempo más tarde, todavía seguía hurgándose la herida con un cuchillito, para recordar los viejos tiempos.

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