Piel

Fui al Cristo de Almada con mi amigo Rafa; no me puse crema protectora, como me dice siempre José Luis, y me quemé. Sobre todo, la cara; sobre todo, la nariz. El domingo se me puso roja. El lunes empezó a escamarse. El martes ya se estaba pelando. Por qué será que arrancarse pedacitos de la propia piel, cuando no produce dolor, produce una especie de placer denteroso. Como de purificación interna. Escarbar con la uña en el límite entre la zona en que la piel ya está muerta y se cae, y la zona en la que todavía esta viva y pegada a la carne, y si se arranca sale sangre. Ahí, con la uña, pasando el rato.

Cuando me desperté el miércoles descubrí que el área escamada se había extendido bastante más allá de la nariz, cubriendo una parte de las mejillas y bajando casi hasta el labio superior, por debajo del bigote. Durante un rato me dediqué a descascarillar toda esa zona; después de la ducha me resultaba más fácil arrancar pelotillas de piel húmeda y grisácea, que debajo dejaban ver una carne rosada y aparentemente sana. El espectáculo, la verdad, era bastante asqueroso.

Tengo una ventaja: puedo trabajar desde casa varios días por semana, sin dar demasiadas explicaciones a nadie. Me encerré en la habitación, buscando con los dedos más zonas de piel muerta o a punto de morir. José Luis debió de pensar que estaba deprimido por lo de Alicia; tampoco estaba tan lejos de la realidad, aunque no, no era por eso. Me pasé el día escribiendo, dormitando, leyendo, viendo series y arrancando nuevos pedacitos de piel, que se iba acumulando en las sábanas, en la almohada y en el suelo, como caspa. Ya por la tarde me miré en el espejo y vi que casi toda la zona central de la cara, desde las cejas hasta la perilla, estaba rosa o blanca; rosa donde la piel ya se había caído; blanca donde estaba a punto de caerse.

Me fui a dormir con algo de angustia, la verdad. No sentía dolor, pero sí miedo. ¿Y si no me volvía a crecer esa piel? ¿Y si se me seguía cayendo, una capa detrás de otra hasta dejarme en carne viva? ¿Y si nunca más podía mirarme a la cara (yo, y los demás) sin sentir asco? Soñé con el Cristo de Almada, que me miraba como maldiciéndome, y con Alicia, y con el puente 25 de Abril, y con un pez largo y de boca grande que hacía un ruido parecido a una rana, y con otras cosas que no recuerdo. Me desperté con frío. Al mirarme en el espejo, me vi mejor; pero cuando me quité la camiseta para ducharme, noté cómo se me desprendía una tira alargada de piel del hombro, como un jirón de tela. Cuando me sequé la espalda con la toalla, la piel caía al suelo como serrín.

Al mediodía me llamó Alicia. Quería quedar conmigo esa noche. Le dije que vale, que luego nos vemos, que yo también la necesitaba. Pero luego, mientras me arrancaba grandes pedazos de piel de las piernas, me lo pensé mejor. No, aquello no podía ser, de ninguna manera. Le mandé un mensaje a Alicia: “He cambiado de idea. No creo que debamos volvernos a ver. Ya no soy el que era. Te deseo lo mejor. Santi”. Me quité los últimos pedazos de piel de la planta de los pies antes de levantarme de la cama y volver a mirarme al espejo. Mi nueva cara brillaba bajo la luz eléctrica, lisa y tirante; también parecía algo más oscura que la anterior.

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