Un día cualquiera

No sé muy bien cómo, una tarde después del trabajo me encontré tomando cervezas con Luckas, un compañero del departamento con el que casi no había hablado hasta entonces. Era verano y habíamos salido del Claustro de profesores a una hora razonable; él lo propuso, yo acepté y nos metimos en el primer bar que encontramos, a la vuelta de la esquina. Un garito pequeño y sin pretensiones, con decoración heavy. Pedimos dos cervezas y nos quedamos en la barra como si fuésemos viejos clientes habituales. Luckas era de origen polaco, pero llevaba ya viviendo en Madrid doce años y hablaba un español casi perfecto, solo con un acento ligerísimo en las eses y zetas. Hablaba seis idiomas. O siete, no lo sé. Era un genio. Yo lo consideraba un genio.

Ya con la primera cerveza me contó que se sentía solo en Madrid. Que tenía algunos amigos, sobre todo polacos recién llegados a la ciudad, para los que era una especie de gurú, pero que él no quería relacionarse solo con ellos. O sea, que sí, que no le importaba juntarse con polacos y hablar en polaco y hablar de cosas de Polonia, de política, de religión, de comida, de música, del paisaje o el frío o la cerveza polaca, esas cosas le hacían sentirse bien, como en casa. Pero al mismo tiempo él quería mezclarse con españoles, o bueno, no necesariamente con españoles, pero sí con no polacos. Con gente de Madrid, si es que hay alguien que sea de Madrid. Quería sentirse español, integrarse, que esta también fuera su casa y sobre todo (aquí se ponía un poco solemne) la patria de sus hijos. “Los polacos”, decía, “solo hablan del trabajo, de si tienen trabajo o dejan de tenerlo, de cómo encontrar otro trabajo mejor que no sea construyendo las casas de los españoles o limpiándolas. Se separan a sí mismos de los españoles con esa actitud, ¿me entiendes? No les gusta salir a tomar una cerveza, se pasan el día trabajando o en casa, trabajando o en casa”. Y los españoles, en cambio, eran muy cerrados, tenían ya sus vidas hechas y no estaban abiertos a hacer nuevos amigos. Era difícil.

Me contó que estaba casado con una chica polaca, cinco años más joven que él, guapísima (me enseñó una fotografía: era verdad, era guapísima). “No hay mujeres tan bonitas como las polacas, Santi, de verdad”, me decía. Sí, estaban pensando en tener hijos pronto, pero las cosas no están fáciles. Ya se sabe cómo están ahora las universidades. Intenté tranquilizarle pero, la verdad, estoy bastante intranquilo yo mismo. Yo sabía que Luckas no me estaba pidiendo nada, pero al mismo tiempo tenía la impresión de que me estaba pidiendo algo. La cerveza empezaba a darme esa sensación cálida de hermandad universal de los borrachos del mundo.

Le pedí que dijera algo en polaco: “buenos días”, “gracias”, “te quiero”, palabrotas, insultos. Yo le dije las mismas cosas en euskera (algunas no sabía cómo decirlas y me las inventé, total, a Luckas se le iban a olvidar). Nos reímos un rato y luego pasamos a compartir recuerdos e historias, sobre todo de mujeres. Yo le hablé de mi ex, y él de una novia brasileña que tuvo al llegar a Madrid (“la cosa acabó mal, no quieras saber”). Pedimos otra ronda, y el camarero nos invitó a una más (y nos puso un platito de cacahuetes). Había un futbolín; jugamos unas partidas; yo gané, aunque hice lo posible por no ganar. Creo que él se dio cuenta y no le gustó. Yo hice como que no me daba cuenta de que él se daba cuenta.

Cuando miramos el reloj era más tarde de lo que pensábamos (o eso fingimos). Se hizo un silencio para comer los últimos cacahuetes y terminar las últimas cervezas, y luego pagamos y salimos del bar. “Ha estado bien”, le dije, “a ver cuándo lo repetimos”. “Sí, a ver cuándo”. Cogimos el metro en direcciones opuestas. Me fui directamente a la cama, en la que no me esperaba nadie.

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5 pensamientos en “Un día cualquiera

  1. Se sienten así los polacos, es cierto, conozco a algunos por el sitio en el que trabajo y me cuentan eso mismo. Me gustan a mí. Son gente muy trabajadora, culta, inteligente, preparados para mucho más que construir casas o limpiarlas.
    Santi, sal más con Lukas, pero no os emborrachéis, que se pierden neuronas.
    Y… me he perdido algo, porque yo creía que sí te esperaba alguien al llegar a casa…

    • Los polacos a los que yo he conocido son buenísima gente. En Irlanda, los polacos eran casi siempre los mejores alumnos de la clase, y como tú dices, inteligentes, respetuosos, divertidos…

      Por lo demás, no te creas nada de lo que leas en este blog 😉

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