Pájaros

La plaga de palomas muertas empezó (o yo la noté por primera vez) a principios de marzo, en la misma época en la que Alicia y yo nos hicimos novios. Que conste que no intento establecer ningún tipo de relación entre las dos cosas, solo lo digo para situarlas correctamente en la cronología de mi memoria. También podría haber dicho que era la época de los últimos recortes del Gobierno de Sócrates. De hecho, eso habría sido más útil. En Portugal no se hablaba de otra cosa: del fantasma del FMI, de la crisis, de los políticos y su incapacidad. Había un aire de premonición del fin del mundo, un fin del mundo del que solo Alicia y yo podríamos salvarnos. Eso explica que no se dedicase casi tiempo a hablar de la plaga de palomas muertas, a pesar de que era ya demasiado evidente como para no ser notada.

La palabra “plaga” me parece más adecuada que “epidemia” para describirlo, porque “epidemia” parece indicar enfermedad, y hasta donde yo sé, no se ha podido demostrar que lo que mataba a las palomas fuera una enfermedad. Lo único claro es que aparecían muertas en las calles, en las aceras, en las carreteras. Algunas aplastadas por los coches, convertidas en un engendro de plumas y sangre, con las tripas desparramadas; otras, sencillamente tiradas, con los ojos todavía abiertos, apoyadas contra la pared. Había un paralelismo demasiado obvio con los vagabundos que duermen en Almirante Reis como para no dejarlo escrito aquí.

En abril pasó lo que todo el mundo se temía: Sócrates dimitió y Portugal tuvo que pedir ayuda al FMI para pagar su deuda (con más deuda). Alicia hasta lloró un poco, no sé si por orgullo patrio o por miedo individual. Esto no tiene nada que ver con las palomas muertas, realmente, pero contribuye a dar una idea del ambiente de la época. Las palomas, a todo esto, seguían apareciendo muertas, aunque los cadáveres solían desaparecer igual de rápido. Probablemente el Ayuntamiento (o el gobierno) organizó un servicio de limpieza rápida especializada. Cualquier otra posible explicación resulta demasiado siniestra para planteársela siquiera.

También sorprendía la aparente limpieza de los cadáveres (salvo los que habían sido arrastrados por un autobús, claro): parecían las reliquias incorruptas de la Paloma del Espíritu Santo. Cuerpos que ni se descomponen, ni huelen, ni se agusanan, ni se puden. Por supuesto que los recogían antes de que diese tiempo a todo eso, pero en mayo, cuando ya el calor empezaba a apretar y las elecciones anticipadas se aproximaban en el horizonte, era esperable que se notase un cierto hedor por las calles. Alicia y yo nos fuimos un fin de semana de vacaciones al Algarve; cuando volvimos a entrar en Lisboa nos dio la impresión de que había un silencio extraño y casi palpable que lo rodeaba todo como de una burbuja aislante. Como entrar en una habitación con el aire viciado.

En junio, poco después del triunfo de Passos Coelho, me comunicaron que no me iban a renovar el contrato el año siguiente. Los recortes, la crisis, la falta de presupuesto, grupos más grandes, horarios más exigentes, tu curriculum es excelente, lo sentimos. De camino a casa, le di una patada a una paloma muerta: se me llenaron las zapatillas de sangre y restos de vísceras, lo que en el fondo me pareció muy adecuado. Quizás fueran las últimas palomas muertas, a lo mejor se estaba terminando todo, los dioses se estaban aplacando, a lo mejor mi salario era la última víctima propiciatoria de la crisis. El metro hizo temblar el suelo bajo mis pies, o no.

Cuando llegué a casa, Alicia estaba viendo la televisión tirada en el sofá, con las piernas colgando y los pies descalzos balanceándose en el aire. Estaba viendo el telediario. Le di un beso. “¿Sabes?”, me dijo, “parece que ya no quedan palomas vivas en Lisboa”. El presentador -creo que era Rodrigues dos Santos- hablaba ahora de los primeros recortes del nuevo gobierno, más duros todavía que los últimos recortes del anterior. Me quedé ensimismado y entristecido pensando en el futuro y en mi vida y en mi despido, y en cómo iba a afectar a mi relación con Alicia. “¿Me estás escuchando?”. La miré y no hizo falta que contestase; se levantó del sofá de un salto y fue a encerrarse en el dormitorio.

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