Entradas invitadas: “El otro Santi”

El otro Santi vive en la comunidad wichí de La Mora, en Tartagal, en una casita hecha con tablones de madera que comparte con su mamá y sus seis hermanos.

Después de nuestro primer taller de Estimulación Temprana, en casa del cacique, una de las mujeres se nos acercó para hablarnos de su hijo, de 8 años:

-No sé qué le pasa. A veces le hablo y parece que no me entiende.  Y en la escuela le va muy mal.

Pensamos en la posibilidad de algún grado de discapacidad auditiva, retraso madurativo o  intelectual, así que fuimos a verlo.

Lo encontramos sentado en una silla, en el patio de su casa.

Mónica se acercó a él y con sólo verlo, bromeó con su mamá:

-A este chico no le pasa nada. Me parece que sólo tiene pereza.

Y se reía.

El niño también sonreía. Y nos miraba con una mezcla de timidez y picardía.

Tardamos un poco en preguntarle cómo se llamaba.

-Santiago, dijo.

Yo recordé, sonreí  y pensé: “A este sí que le gusta su nombre completo.”

El otro Santi es más bien menudo. Con el pelo lacio, muy oscuro, y ojos rasgados, un poco tristes. Su sonrisa es muy linda, pero a mí me pareció una especie de escudo. Para protegerse de nosotras, quizá. O de algo más importante.

-A veces llora por las noches.

-¿Por qué lloras cuando lloras, Santi? –le pregunté- ¿Porque te duele algo?

Dijo que no con la cabeza pero rápidamente se dio cuenta de que se estaba equivocando. Si me decía que no, tendría que explicarme por qué lloraba de verdad. Entonces dijo “sí”, con firmeza pero muy poco convencimiento.

-Lloras porque te duele algo… ¿o porque estás triste?

Mientras le hablaba, comencé, casi sin darme cuenta, a acariciarle la rodilla. Él volvió sus ojos fugazmente hacia mi mano y cuando volvió a mirarme los tenía llenos de lágrimas.

Mónica es una mujer grande y su especialidad es la Estimulaciòn Temprana, no el trato con chicos más grandes; y menos, como Santi. La mamá de Santiago es seria, silenciosa… y desde luego, no le inspira confianza a su hijo así que de pronto me di cuenta de que tenía que sacarlo de entre “los mayores”.

-Santi, ¿tienes un perrito? ¿Me lo muestras? Yo tengo un gato: se llama Sugus, como los caramelos.

Pareció contento. Me acompañó a la parte trasera de la casa, mientras “las grandes” se quedaban hablando delante. Al principio jugó a esconderse de mí pero yo esperé pacientemente y, por suerte, encontré una pelota. Comencé a patearla y le pregunté si quería jugar al fútbol conmigo.

Aquellas fueron palabras mágicas.

Mientras jugábamos, entre ramas, hojas  y restos de basura quemada, fueron apareciendo sus hermanitos. El más grande se puso a jugar con nosotros. La mayor me miraba con desconfianza y atendía a las chiquitas. Pensé que la suya era exacta a la mirada de su mamá.

Me di cuenta de que Santi interactuaba bien con ellos, aunque su hermano (más grande, más fuerte) era para él un rival frustrante. Al fútbol también le ganó. Y las bebés parecían resultarle más bien indiferentes.

No quise preguntarle nada más sobre la escuela o sobre su tristeza. Sólo nos divertimos. Y creo que me gané su confianza porque, cuando nos  fuimos le pregunté:

-¿Puedo volver otro día a jugar al fútbol con vos?

Me miró, contento, y dijo que sí con la cabeza.

Hablamos un poco más con su madre, que nos explicó que el papá de Santi se fue cuando él tenía 5 0 6 años. Por la edad de sus hermanitas, pensé que no habría desaparecido del todo… o que habría otro “papá”.

Me fui de allá con Santi atravesado en mi garganta. Me prometí volver y acompañarle en lo que pudiera. Con Mónica, planeamos entrar en contacto con alguien de su escuela, para ver si podría recibir apoyo psicopedagógico. UNICEF abre muchas puertas. Recordé a muchos de mis patojos en La Verbena. Y en realidad me sentí contenta; como si hubiera vuelto a algún lugar propio, dentro de mí, que en realidad  nunca abandoné del todo. Sentí que estaba haciendo lo que me corresponde; para lo que soy buena; para lo que resulto más útil.

En nuestra segunda visita a La Mora, mientras Mónica explicaba a las madres cómo cuidar y estimular a sus bebés, yo recorrí la comunidad con la hija del cacique. Vanesa, que tiene quince años, me llevaba en su moto y nos enredábamos en la arena de los caminos mientras me hablaba de su novio, de que no quiere ser madre tan joven como sus amigas, de que a una de ellas su marido le pega, de que le gusta chatear y de que su iglesia, evangélica, le prohíbe utilizar cualquier método anticonceptivo.

Fuimos a muchas casas, convocando a las familias al taller. Y finalmente, ya de regreso a casa, recordé a Santi. El hermano pequeño de Vanesa y su mejor amigo me llevaron, esta vez caminando, a buscar su casa.

Cuando llegué, me miró sorprendido y enseguida dijo:

-La pelota se quemó.

Le pregunté a mis dos acompañantes si ellos no tenían un balón y me dijeron que sí. Entonces, podríamos jugar todos juntos.

-¿Usted juega? -me preguntaron sorprendidos.

-¡Claro! Soy buena portera.

Y mi sonrisa pareció convencerles.

Le pedí permiso a la hermana mayor de Santiago para sacarlo de casa y llevarlo al patio del cacique, donde, de todos modos, estaba también su mamá.

Me dijo que le parecía bien, que no les iban a regañar si me lo llevaba. Y Santi, que estaba descalzo, voló hacia quién sabe dónde para buscar unas zapatillas. Llegó con ellas y nos fuimos a jugar.

Por el camino, se mostró alegre y confiado. Nos reímos, tomamos algunas fotos, hablamos con un par de familias más a las que invitamos al taller…

Cuando llegamos, Mónica ya estaba terminando.

Me preocupaba que la mamá de Santi se molestara conmigo por haberlo sacado de casa y haberlo llevado hasta allá.

-Espero que no le importe que viniera conmigo. Es que yo le había prometido jugar al fútbol con él.

La mujer esquivaba un poco mi mirada y no respondía. Finalmente, sonrió.

-Le veo bien, contento –le dije.

Entonces me miró preocupada.

-Pero un poco inquieto, ¿no?

-¿Inquieto?

Me sorprendió su apreciación porque a mí Santi me parece un chico bastante tranquilo.

Mónica se acercó a nosotras y Rosana nos explicó que el niño ya no va a la escuela. Que lo cambió a una más cercana, para ver si le iba mejor, pero que ya no lo manda. Nos contó que la maestra va a casa a buscarlo pero que él ya no va.

Le insistimos sobre la importancia de que no abandone la escuela. Le ofrecimos ayuda. Y la mujer parecía debatirse entre el deseo de ayudar a su hijo y la negación: “No, si él está bien… Es sólo que no quiere comer más que fideos y arroz en leche.” Cuando Mónica y yo le insitíamos en que el suyo es un chico perfectamente normal, inteligente, sano y alegre, ella nos habló del papá, que ya es viejo, e insinuó que quizá Santi “no había salido bien” por ser el último hijo de su papá. Yo no podía creer lo que estaba oyendo. Mónica le repetía una y otra vez que su hijo “no había salido mal”, que era un niño estupendo.

En un momento en que lo tuve cerca, le pregunté a Santiago si se divertía más en casa o en la escuela. Me respondió, tras pensarlo un poco, que en la escuela. Y rápido volvió a mezclarse entre los otros niños, a treparse por todos lados, a saltas entre las piedras.

Cuando me despedí de él, me dio un beso fuerte. Me conmovió porque no parece ser muy común entre los wichís una demostración de afecto tan explícita. Y le prometí que la próxima vez yo llevaría una pelota para jugar juntos.

No sé si podremos ayudar al otro Santi. Pero voy a hacer todo lo posible. Y me alegra poder hablar de él, precisamente en este libro abierto.

Firmado: Paaliy

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