Entradas invitadas: Por un nuevo corazón

En algún lugar de Texas, unos científicos han inventado un nuevo modelo de corazón artificial. Es un prototipo mejorado que ha servido, al parecer, para alargar la vida de un paciente durante algunas semanas. La máquina en cuestión es una especie de pequeña turbina que provoca un flujo continuo de sangre. Así, no podía encontrarse el pulso del sujeto al que se le implantó, ni pudo escucharse el latido de su corazón.

Durante unas semanas vivió un ser humano cuyo corazón no latía. He aquí un pequeño adelanto para la cirugía cardíaca, y un enorme retroceso para la literatura. Tantas fantasías sobre elegantes vampiros y putrefactos zombis, para que lleguen unos científicos texanos a ponernos los pies en la tierra: la vida no-muerta ya está aquí, y no tiene nada de misterioso. La mística del corazón, urdida por los poetas a lo largo de los siglos, se desmorona. ¿A qué exagerar la importancia de un efecto colateral perfectamente prescindible? El pulso acelerado ante la visión de la amada, los latidos que agitan el pecho de puro miedo o indignación: todo esto no son sino desórdenes en el funcionamiento de un órgano, vergonzosas abdicaciones de su auténtico propósito como distribuidor sanguíneo.

Es de agradecer que la ciencia nos abra los ojos y nos saque al fin de las miasmas de esa malsana cardiomanía decimonónica. Deberían reescribirse las óperas de Rossini y de Verdi, eliminando las supersticiosas y ahuecadas referencias a “i palpiti del cuor”: perderíamos dos tercios del libreto, es cierto, pero saldríamos ganando en higiene de conceptos. Y qué decir de los abusos en que incurre la literatura gótica y de suspense. “El corazón delator”, esa desinformada exageración… Estoy convencido de que el nuevo corazón, el corazón del futuro, tiene mucho que aportar a la literatura. Su acerada precisión supone un delicioso contraste con las burdas emociones humanas. Imaginemos el más violento homicidio y supongamos en víctima y verdugo el mismo flujo sanguíneo, imperturbable y constante. La escena adquiere un cariz apolíneo, como si se estuviera representando con sublime intención bajo la pálida mirada de la eternidad.

Llegará el momento en que no podremos ignorar las ventajas poéticas de implantarse un corazón sin latido. Frente al disímil chapoteo orgánico que hoy nos confunde con el resto de animales, un sutil murmullo mecánico, fruto del ingenio humano, nos unirá en una comunidad unánime y secreta. Una ordenada y perfecta continuidad sustituirá al ritmo variable del corazón actual; habrá un acero exacto, sin mancha, donde hoy hay carnosas cavidades y nudosos conductos. El viejo ideal de la imperturbabilidad estoica y el nuevo sueño científico del método y el rigor se dan la mano, para beneficio de todos. Esperamos que pronto se reconozca a cada recién nacido su derecho a un corazón artificial.

Firmado: Jaime Cuenca

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