Entradas invitadas: Aquel día

“Aléjese del conflicto. Como si usted fuera un espectador.”
Psicología II. Normas básicas.

El solo del despertador, a cara perro, le sentó como una patada en los cojones. Debía ser la tercera vez que sonaba porque el retraso aproximado era de media hora, según el reloj de mesilla comprado en Canarias. Contradictio in tempore, especuló. Aún estaba en la segunda palabra latina, con una pierna dentro del vaquero y otra fuera cuando tropezó con sus zapatos – hábilmente aparcados la víspera al tun tun frente a la puerta de la habitación. Comenzó a jurar medio en pelotas tras aterrizar con las costillas en el pasillo. Ella no pudo evitar descojonarse.

Salió de casa bramando. Escuchó llegar un mensaje y tuvo tentaciones de mandar su móvil a ver mundo por la ventana de la escalera. Su jefe le estaría ya esperando -su traje impecable, su cínica sonrisa- con un marrón en sus pequeñas manos de cerdo.  Luego le encargaría varios informes inútiles y, cuando viera huir su dignidad, le haría quedarse dos horas más por algún detalle ridículo. “No es el hecho, es la actitud”, tendría los huevos de decir ese gran hijo de la gran puta.

Antes de abrir la puerta de casa, pensó en que debía llamar a su madre. No llegaría a comer con ella, como le había prometido. Afuera llovía. Una vieja entró en el portal como si le siguieran los Geos. Valoró la posibilidad de gritar algo sobre la eutanasia activa. Miró su coche estacionado en la acera de enfrente. Lucía una esmerada nota manuscrita en el parabrisas. Cruzó rápidamente la calle comenzando a decir en voz alta “me voy a cagar hasta en su..” No llegó a leer la multa. Un repartidor se cruzó en su camino con la contundencia de una furgoneta cargada a 50 kilómetros por hora.

Sus ojos se clavaron en el parachoques reluciente por la lluvia. Estaba aterrado y era incapaz de moverse. Escuchó el torrencial ‘crescendo’ de la frenada como un suicida que cae sobre una orquesta. Por un segundo, su hartazgo, su cansancio de la vida, se evaporó.

Entonces, una mano le empujó con fuerza por la espalda. Se hizo el silencio. No quería abrir los ojos.

“¿Estás bien? ¿Dios mío, Dios mío, estás bien, hijo?” La señora que se acababa de cruzar fue la primera en llegar. Parpadeó y la miró pensando en que podría enamorarse de ella allí mismo. Uno de los comerciantes de la calle se acercó a ayudarles. Él se palpó todos los huesos como temiéndose lo peor. Ni un arañazo. “Menos mal que has saltado. Un segundo más y te mata ese loco”, constató el vendedor. “Sí, sí. ¿quién me ha empujado?”. “Debe ser el shock”, acordaron enseguida los dos únicos testigos. “No había nadie, hijo”. “Saltaste tú. No había nadie”.

Aquel día, doctor, comencé a perder la cabeza.

Firmado: Crapúscula

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2 pensamientos en “Entradas invitadas: Aquel día

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