Entradas invitadas (sin título)

On the F train

Siempre elijo ventana. En los aviones, en el metro, en las cafeterías. Aquí dudo. Llevo tres días en esta ciudad. Hacía dos años que no volvía. Viví aquí tres años y medio. Vine a este bar pocas veces.

Si no sé dónde sentarme, no es porque no tenga un lugar preciso, un mi lugar -no lo tengo-, es porque quiero sentarme frente a la ventana, mirar a la calle, pero, al mismo tiempo, quiero ver el bar: ver al camarero, las fotos, los billetes y las postales pegadas en la pared, las pegatinas unas sobre otras. Pero también, me doy cuenta ahora, verme a mí en esta ciudad, viajar a la de hace cinco años, seis, siete. Así que este bar es un poco una cita conmigo. Por eso vengo sola. Y además aquí nadie mira con cara de pena a una mujer sin compañía (nota para otro día: contar lo de la camarera de Verona que dijo poverina al verme comer sola).

Recuerdo -y no soy buena recordadora- cada vez que he estado aquí, probablemente hasta el sitio donde me senté cada una. La primera acababa de perder un avión, entonces las compañías aún cambiaban los billetes. Estaba cansada y sucísima, no había dormido en días, y cuando mis compañeros de insomnio me trajeron, fue como verme desde fuera y pensar qué suerte estar aquí cuando realmente debería estar en un avión hacia casa; y no sabía que estaba empezando una casa nueva. Yo no vivía en esta ciudad, pero se presentía ya un poco como futuro, o tal vez fue estar aquí, en esa especie de vida paralela, lo que me hizo sentir algo propio. Después éste fue mi barrio.

La segunda vez fue con los compañeros de teatro, estábamos al lado, buscábamos un bar, me acordé, no sé cómo supe llegar. El camarero -alegría tabernil más honda no sé- me conoció. Hacía un año desde la última-primera vez. Luego traje aquí a las chicas, yo ya me iba, era una de esas despedidas que duran largo, en realidad yo ya me había ido pero no lo sabía. Él estaba, me saludó como si fuera de siempre. Le escribí una nota en el mantel de papel. No me acuerdo del todo, supongo que le decía que éste era mi bar, y que lo había sido antes de que ésta fuera mi ciudad, que gracias. Me fui rápido, me daba vergüenza.

Hoy -lo tenía programado desde que llegué, hace tres días- he atravesado la estación y al salir ya estaban las escaleras que suben a esta calle sin nombre conocido, el mar de andenes de la estación. He dudado, pero no he querido sacar una foto, hay que cultivar el recuerdo. Me ha empezado a latir fuerte el corazón al reconocer la esquina de la calle del bar. Y si estaba cerrado. Y si había cambiado de dueño. Y si era el de siempre y él me saludaba. Y si me hablaba. Y entonces qué le decía.

Nadie me ha saludado al entrar. El camarero es otro -no uno nuevo, ya lo había visto antes, pero no es él-, y a los clientes nunca los conocí; parecen distintos. He elegido ventana. Y de vez en cuando me giro para ver si distingo, entre las postales y las pegatinas, un trozo de mantel.

Si alguna vez me pierdo en esta ciudad, de más está decirlo, probablemente no esté aquí.

Firmado: Txabela

Anuncios

3 pensamientos en “Entradas invitadas (sin título)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s