Entradas invitadas: El castigo

Felisa estaba un poco inquieta porque hacía varios días que el chico no venía. Había empezado a albergar el temor de que no fuese a volver y se reprochaba su indecisión; había tardado demasiado en animarse a darle su merecido, y quizá ahora fuera demasiado tarde. El comedor universitario estaba menos concurrido tras los exámenes de la convocatoria ordinaria; tal vez el chico hubiese aprobado todo. Igual, incluso, era alumno de último curso y no fuese a regresar ni siquiera en septiembre. Pero no. (Riego sanguíneo acelerado). Ahí estaba.

Mientras observaba de reojo cómo el chico cogía una bandeja y depositaba sobre ella un mendrugo de pan antes de pararse antes Marisa, que servía los primeros platos, Felisa cogió la enorme bandeja de patatas fritas y la guardó en uno de compartimentos inferiores de la encimera metálica. En su lugar, colocó la bandeja de lechuga que había tenido que aliñar a escondidas de sus compañeras de cocina: no estaba previsto en el menú que ese día hubiera guarnición de ensalada. Lamentablemente, tendrían que pagar justos por pecadores; o, como solían decir en las películas bélicas que tanto le gustaba ver los domingos por la tarde, era inevitable que hubiera “daños colaterales”.

Había estado dándole muchas vueltas al asunto desde el jueves pasado, cuando el chico le había montado el último numerito. Que se había encontrado un pelo flotando en la salsa de las albóndigas. “Pues será tuyo”, había respondido Felisa, cuya paciencia había alcanzado ya su tope. “Señora, yo no tengo canas”, había replicado el chico con tono desabrido. Desde aquel día, había estado intentando dar con el modo perfecto de ejecutar su venganza, y había llegado a la conclusión de que no había forma de llevar a cabo su plan sin que otros comensales sufrieran las consecuencias. Desde luego, no podía sustituir las patatas por la lechuga en las narices del chico porque entonces su plan quedaría al descubierto. Aquella era la única forma que se le había ocurrido, y tenía que salir bien.

Para Felisa, a quien la incapacidad para tener hijos propios había marcado de por vida, aquellos estudiantes que acudían cada día a comer las lentejas, o las patatas con chorizo, que Marisa, Begoña, la propia Felisa y todas las demás cocinaban diariamente con esmero y cariño, eran como sus propios nietos. Siempre atenta, se esforzaba por cazar al vuelo los nombres de algunos de ellos, y sabía por qué profesores sentían aprecio y qué asignaturas de cada carrera los alumnos consideraban “marías”. La mayoría de ellos correspondían el cariño y la preocupación de Felisa; algunos, incluso, la preguntaban a menudo por su pierna mala y por esas varices que “la estaban matando”.

Este chico, sin embargo, era diferente. No solo parecía invariablemente triste y amargado, sino que tenía la mala costumbre de pagar su eterno descontento con los demás. No apreciaba el esfuerzo que todas las cocineras hacían por que la comida estuviera siempre caliente, o por que los platos se combinaran, a lo largo de toda la semana, de tal manera que los estudiantes pudieran llevar una dieta sana y equilibrada; no valoraba el hecho de que, por ejemplo, las natillas fueran caseras, ¡con lo fácil que habría sido comprárselas a Danone! No, definitivamente este chico era un desagradecido y tenía que darle su merecido, del mismo modo que se castiga sin postre a un niño malcriado y respondón. Después de un par de años, Felisa conocía a la perfección sus costumbres y preferencias culinarias, y sabía exactamente dónde y cómo tenía que atacar para hacer daño. Y lo iba a hacer. Vaya si lo iba a hacer.

-¿De segundo? -inquirió Felisa con su habitual calidez.

-No sé. ¿Qué hay?

-Pues mira, tengo filete-plancha, merluza al horno y empanadillas de bonito.

El chico lanzó un bufido por toda respuesta.

-¿Qué te pongo? -insistió Felisa, dominada por los nervios al saber que el peso terrible de su venganza estaba a punto de caer sobre él.

-¿El filete va con patatas?

Ahí estaba. La pregunta que necesitaba oír. (Exhalación de alivio).

-Ay, ya lo siento, txiki, no me que quedan. Igual en un rato… ¿Te pongo lechuga? -sugirió, con cierta malicia ya que sabía perfectamente cuál sería la desagradable respuesta.

-Quita, quita -rechazó con un gesto de la mano-. Qué asco. Ponme empanadillas. ¿Son caseras?

-Claro -respondió Felisa con cierta altivez mientras le servía cuatro de ellas, la ración habitual. La duda ofendía.

Felisa vio cómo el chico, después de pagar en caja, buscaba un lugar solitario donde sentarse. Solía colocarse junto a la ventana, pero extrañamente aquel día no había ningún sitio libre. Tuvo que apretujarse entre dos ruidosos grupos de estudiantes, dando muestras de visible incomodidad mientras engullía el puré de verduras y parecía observar las empanadillas con aire de desconfianza. Seguro que no se creía que fueran caseras.

Felisa esperó un tiempo prudencial y, coincidiendo con la entrada de Marisa en la cocina para sacar un puchero de puré recién hecho, volvió a hacer el trueque de las patatas y la ensalada. Era una pena que hubiera tenido que decir a Molly, aquella Erasmus irlandesa tan simpática, que no quedaban patatas. Daños colaterales. Ella sí se las merecía.

Firma: Paula Zumalacárregui

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3 pensamientos en “Entradas invitadas: El castigo

  1. ¡De bruja nada, Iván! ¡Bien hecho por parte de Felisa! Sus razones tendrá el chiquillo para ser un borde -que eso nadie lo discute-, pero ya está bien de que los que trabajamos de cara al público tengamos que sufrir sus impertinencias. Yo, como la pobre mujer varicosa, también soy de las de llevar a cabo “la venganza del chinito”.
    ¡Muy bueno, Paula, gracias!

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