Escritos de conferencia (5): La camisa parlante

El orador habla de Foucault y de la representación de la realidad. Un tema que merece el más profundo respeto y concentración. Pero es el tiempo de la sobremesa y hace calor. La puerta está cerrada; la ventana está cerrada; cincuenta personas me respiran en la nuca. Invento entonces un truco para mantenerme despierto: miro fijamente la camisa de cuadros verdes, azules y rojos del orador, e imagino que no es el hombre quien habla, sino la camisa misma. Hago abstracción del hombre: afino o multiplico el nivel de existencia de la camisa. Lo he conseguido: el mundo se ha difuminado y ahora es la camisa la que habla sobre la representación, el olvido, la memoria, la ficcionalización dialógica. Se mueve a saltos levantando unos brazos que ya no existen y cita a Derridá y a Flaubert y a Kertész y a Susan Sontag. Escucho asombrado a una camisa de cuadros hablar del concepto de verosimilitud. Ideas que en boca humana quizás me habrían parecido triviales o confusas ahora me hablan con una claridad afilada y casi me levantan del asiento. Noto una conexión explosiva que me une a mí, a la camisa y al resto de la sala llena de aire caliente cien veces respirado. Pero todo esto es mentira. Esto no tiene nada que ver con Derridá ni con Flaubert ni con Kértesz ni con Sontag. Esto es un texto sobre cincuenta académicos que se aburren mutuamente hasta la extenuación, y luego se aplauden. La camisa es lo más humano de todo este cuadro.

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Un pensamiento en “Escritos de conferencia (5): La camisa parlante

  1. Ufff, me ha parecido volver a mis tiempos de estudiante, cuando pensaba que debía acudir al menos una vez por semana a escuchar una conferencia inteligente y sesuda de algún académico para aprender a expresarme ante un auditorio expectante… ¡Qué sueño he pasado! ¡Qué de bostezos difícilmente contenidos! ¡Cuántas miraditas de soslayo al reloj!
    Y, sí, qué extrañas evocaciones se despertaban en mi mente para lograr mantenerme atenta. Lo de la camisa nunca se me ocurrió, pero sí el quedarme mirando la sombra del orador habitualmente multiplicada por 3, buscando ponerle boca para que pudiera ser ella la que, con ventriloquía muy lograda, me hablara y me hablara y me hablara….

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