De aquí a cien años, todos tontos

Pues ya está montada otra vez. Cada cierto tiempo, algún intelectual, escritor, filósofo, psicólogo o pedagogo carga contra las nuevas tecnologías (da igual cuáles: ahora es internet; antes fue la televisión, los videojuegos, la calculadora, los relojes digitales, da igual) acusándolos de destruir nuestras neuronas o mejor dicho, nuestra manera de usarlas. Esta vez le ha tocado a Vila-Matas, quien publicaba en El País un artículo, supongo que voluntariamente polémico, cargando contra Twitter y su efecto empobrecedor en nuestra comprensión del mundo y en nuestra construcción del conocimiento.

Creo que en estos temas es importante mantener la cabeza fría. Es muy fácil caer en la típica división entre apocalípticos e integrados (que no siempre coincide con la división viejos/jóvenes) y ponerse ahora, por efecto rebote, a cantar las loas de Twitter, Facebook e internet en general. Vamos a plantearnos un sano término medio: que efectivamente internet (las nuevas tecnologías en general) pueden estar cambiando la forma en que vemos y concebimos el mundo; pero que eso no tiene por qué ser necesariamente un empobrecimiento.

Es evidente que la de Vila-Matas no es la única voz preocupada por el empobrecimiento producido por las nuevas tecnologías. Hace no muchos meses ganó cierta celebridad un libro (Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, de Nicholas Carr) que afirmaba que a causa de internet tenemos menos capacidad para leer textos largos, que no nos concetramos, que pasamos de un tema a otro, de una página a otra. En una línea parecida, una buena amiga (y gran lectora, por cierto) me escribía para sugerirme que escribiera sobre la banalización y la infantilización de la comunicación que estaba provocando internet en general, y las redes sociales en particular.

Pues es posible que haya verdad en eso. Facebook y twitter favorecen (premian, exigen, reclaman) inmediatez y brevedad antes que la reflexión y el análisis. Pienso en mi propio comportamiento y reconozco algunos de los comportamientos que menciona Carr: tengo constantemente abierto el email, el twitter y el facebook; entro a una página web y, salvo que el tema realmente me interese mucho, hago un escaneo más que una lectura: miro los titulares, las negritas, los ladillos; busco la información que me interesa más que el sentido global del texto. En internet somos rastreadores de datos, más que investigadores intensivos. ¿Impide esto que en otras facetas de nuestra vida sigamos pudiendo profundizar en aquello que nos interesa, reflexionar con detenimiento, leer durante horas? Pues a lo mejor sí, a lo mejor internet crea hábitos cognitivos que entumecen la capacidad de razonar; o a lo mejor no: lo cierto es que no lo sabemos, y no lo sabremos mientras no haya estudios serios al respecto. O a lo mejor esta manera de utilizar internet no es una causa sino un síntoma: también en las escuelas y universidades de hoy en día se priorizan los saberes prácticos y los contenidos desmenuzados en píldoras, más que la reflexión teórica y el análisis de textos largos.

Tampoco estoy convencido (y así se lo dije a mi amiga) de que internet sea un medio donde prime la banalidad y la charlatanería. Como prueba le envié la lista de los blogs más leídos en España: hay muchos, evidentemente, tecnología e informática; pero también los hay de política, de televisión, de cine, de ciencia, de música o de economía. Habrá quien utilice internet para hablar de la última borrachera o del partido del sábado, pero también hay quien lo usa para eso, y para debatir, reflexionar o contrastar información (¿cuándo antes de ahora ha sido posible acceder a todos los periódicos publicados cada día, de forma rápida y gratuita?).

Creo además que quienes critican así internet cometen algunos errores que nacen del desconocimiento. Así, por ejemplo, asume Vila-Matas, y el grueso de los apocalípticos con él, que los que están (estamos) enganchados a Twitter o a Facebook solo nos informamos por esos medios: no leemos periódicos ni libros, no oímos la radio, si acaso vemos la televisión porque es fácil. Haría falta un estudio a fondo para comprobarlo, pero mi impresión es precisamente la contraria: que muchos tuiteros tienen por costumbre leer más cosas aparte de tuits (muchas más de las “30 páginas al año” que inventa Vila-Matas).

Por otro lado, tampoco creo que sea exacto decir que twitter es un reflejo simplificado hasta el absurdo de la realidad. Lo que hay, en muchos casos, es una re-construcción social y multifacetada del conocimiento. Porque nadie lee un solo tuit: lee decenas, centenares, y si hay un tema que le interesa seguirá el hashtag correspendiente y recibirá opiniones diversas y discordantes, datos en tiempo real e información extensa de distinto tipo, a partir de la cual poder formar un criterio propio. Además, son abundantísimos los tuits con enlaces que reenvían a contenidos más extensos (noticias de periódicos, posts de blogs, artículos, etc.). Lo que se comparte en estos tuits no es información, sino vías de acceso a la información.

También me invade la impresión de que quienes como Vila-Matas se lamentan de la decadencia de nuestra cultura y nuestra sociedad, parten de una idealización del pasado y una simplificación del presente: como si hace veinte o treinta o cincuenta años todo el mundo leyera a Baudelaire con el desayuno, a Kierkegaard con el almuerzo y a Dostoievski antes de irse a dormir; y como si ahora no hubiera gente que sigue leyendo a Baudelaire con el desayuno, a Kierkegaard con el almuerzo y a Dostoievski antes de irse a dormir. Seguramente ahora se leen menos libros que antes, porque estamos en una cultura más de imágenes que de textos (aunque, como ya han dicho varios investigadores, internet está lleno de textos); pero también se tiene un acceso más directo, complejo e inmediato que nunca a la información, tradicionalmente más controlada y controlable.

Ya acabo. Me da la impresión de que estas lamentaciones de Vila-Matas, Carr y similares parten de una idea que es probablemente cierta: el uso de las nuevas tecnologías está cambiando el modo en que actuamos y pensamos, individual y socialmente, y su uso exclusivo, no complementado por otros medios de comunicación e información, disminuye o minusvalora el texto largo, la reflexión abstracta o el razonamiento complejo. Con lo que ya no sé si estar tan de acuerdo es con su lamento ante el final de la civilización, de la cultura, del pensamiento crítico. Quizás convenga recordar que el 15M, más que al librito de Hessel, se debió al caldo de cultivo de Twitter, en que se intercambiaron exabruptos, pero también ideas, propuestas, enlaces, informaciones, sentimientos. No veo que eso pueda ser de ninguna manera un empobrecimiento.

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