A love story

Cuando tenía 24 años, estaba enamorado como un adolescente de una chica llamada Ana. Podría decir que la veneraba si no me pareciera demasiado cursi. Delante de ella me temblaban las piernas y la voz, y eso era cuando me atrevía a ponerme delante de ella. La admiraba a distancia como a un ser de otro universo o de otra dimensión; luego iba a casa e imaginaba vidas imposibles con ella.

Por esa época solía espiar a través del patio a una vecina, a la que no conocía de nada pero a la que llamaba A en mi imaginación. La deseaba con una pasión febril y adictiva. Nuestras ventanas estaban a la distancia justa para que se percibieran las formas pero no los detalles, y para que escondido en la oscuridad pudiera observarla sintiéndome seguro. Incluso con las cortinas cerradas, podía imaginar algunos movimientos que me eran suficientes.

Evidentemente A y Ana no eran la misma persona pero los sentimientos que tenía por ellas se entremezclaban. El respeto casi religioso que sentía por Ana purificaba el deseo violento e invasivo que sentía por A; al mismo tiempo, el aura de sexualidad explícita de A se iba impregnando en Ana, con la que empezaba ya a imaginar vidas más posibles y menos virginales. Con el tiempo y dos o tres conversaciones afortunadas, Ana y yo nos hicimos amigos.

Una noche, A descorrió las cortinas casi desnuda y se quedó mirando fijamente en dirección a mí. Asustado, me aparté de un salto de la ventana; me di un golpe contra una estantería y me abrí la ceja. Todavía con el pañuelo lleno de sangre en la mano, llamé por teléfono a Ana y le propuse quedar para ir al cine ese fin de semana. En cuanto a A, supongo que en realidad solo estaba contemplando la lluvia o mirando sin ver, porque a la noche siguiente ahí estaba, fiel a su cita, sensual y traslúcida.

Ana y yo empezamos a salir. Nunca le hablé de A. Paseábamos por la ciudad cogidos de la mano, nos besábamos en los parques y compartíamos la comida en los restaurantes. Nos lo tomábamos con calma. Luego yo volvía a casa para espiar a A y santificar las fiestas. A y Ana sumadas componían una mujer ideal pero esquiva, impúdica pero inmaculada.

Con el tiempo Ana y yo dejamos de tomárnoslo con tanta calma. Yo dormía a veces en su casa y ella en la mía. La primera vez que hicimos el amor fue en mi casa, en mi cuarto, en mi cama. Luego me di cuenta de que la cortina estaba entreabierta; cuando me asomé, creí ver un movimiento en la ventana de A. Me vino a la mente la imagen del pañuelo ensangrentado. Esa misma noche le pedí a Ana que se casara conmigo. Me dijo que sí. Nos mudamos a otro barrio unos meses más tarde y nunca volví a ver a A.

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