Homenaje, intertextualidad, plagio

Hace años, sobre todo durante mi época universitaria, mis compañeros de clase y del Taller Literario solían tomarme el pelo por una costumbre mía: introducir en mis escritos, de vez en cuando, aquí o allá, frases, versos o referencias a otras obras literarias (por ejemplo, a Benedetti, Miguel Hernández o la Biblia). Yo los llamaba “homenajes”; ellos, “plagios”. Ahora lo hago mucho menos, aunque de vez en cuando todavía se cuelan en los pocos textos que escribo (la mayoría, para este blog) algunas palabras que no son mías, que eran de otros pero me las he apropiado. El término técnico para este procedimiento es “intertextualidad”, fue acuñado originalmente por Julia Kristeva en 1967 y, en su versión extrema afirma que todo texto es en realidad una costura de otros textos anteriores, que la creación original es una utopía o una entelequia.

Recientemente, varias noticias han vuelto a poner en cuestión los límites entre la intertextualidad, la alusión, la inspiración y el plagio. Por ejemplo, Pepe Jeans ha tenido que desmontar los escaparates de sus tiendas por “basarse” de manera demasiado próxima en el diseño de un libro; no hace tanto, Inditex retiró también una colección de camisetas, porque su diseño era, fundamentalmente, un corta y pega de una imagen robada de internet. La diseñadora gráfica Elisabeth Nogales también se hizo tristemente famosa en internet hace unos meses por varios casos de plagio en varias de sus ilustraciones para público. Y en la página You thought we wouldn’t notice (entre otras muchas) se recopilan muchos otros ejemplos similares de reutilización apócrifa de . En un ámbito muy distinto, el post-poeta Agustín Fernández Malo acaba de publicar El hacedor (de Borges). Remake, una obra en la que “recrea” (no tengo muy claro qué quiere decir eso, porque no lo he leído) el clásico borgiano.

La pregunta es, entonces, si todos los ejemplos anteriores son igualmente criticables, si existe una línea clara entre la alusión, la intertextualidad y el plagio. Yo creo evidente que sí la hay, aunque no sabría trazarla con exactitud. Creo que hay parámetros que son proporcionales al nivel de rechazo que despiertan (deben despertar) estás prácticas:

  • Que se cite o no se cite la fuente (obvio) y se notifique o no al autor original (pago de derechos incluidos, cuando sea pertinente)
  • Que se reelabore más o menos la obra original
  • Que la cita o inclusión sea más o menos amplia (no es lo mismo una frase en una novela, que copiar una fotografía y ponerla en la portada de un disco)
  •  Que la intención sea fraudulenta (enriquecerse con el trabajo ajeno) o artística (aunque está claro que esto es subjetivo y discutible)
  • Que la obra derivada (plagiada) tenga o no tenga ánimo de lucro

Una vez descubierto el plagio, algunos plagiarios reculan, se disculpan, retiran sus obras o resarcen al autor original, referenciándolo o llegando a algún acuerdo con él; pero otros se resisten, afirmando que vivimos en un mundo posmoderno, que efectivamente toda obra artística es resultado de múltiples influencias y que el artista puede inspirarse en obras de otros autores para crear las suyas propias.

Evidentemente, en estas afirmaciones hay parte de razón: solo con la expansión del Romanticismo la originalidad del creador se convirtió en un valor absoluto; antes, la reutilización y reelaboración de fuentes era no solo habitual, sino casi normativo (aunque también había límites: recordemos las protestas de Cervantes por la publicación del Quijote de Avellaneda). Y es posible afirmar que ahora, en esta época posmoderna nuestra, esta exaltación de la genialidad individual también está dando muestras de cansancio: en un plano filosófico, por la quiebra del concepto mismo de sujeto; en un plano práctico, por el (re)surgimiento del concepto de creación colectiva o colaborativa, tan en voga en el ámbito de las Nuevas Tecnologías, por ejemplo. La aparición de licencias Creative Commons, que en algunas versiones permiten (por no decir que fomentan) la redifusión de la obra y la creación de “obras derivadas”, es un síntoma de este nuevo concepto de autoría y colaboración.

Esto puede ser verdad, sí, pero me temo que en boca de muchos plagiarios no es más que una excusa. Cuando Fernández Mallo “recrea” a Borges lo hace de manera explícita y con una finalidad literaria; cuando yo escondo una frase de Bertolt Brecht en un relato, creo que es evidente que no intento expoliar a sus decendientes sino establecer una relación intertextual; lo mismo que un pintor que reelabora las Meninas de Velázquez (¿hay algún pintor que no haya reelaborado las Meninas de Velázquez?). En cambio, cuando una compañía como Zara imprime millones de camisetas con un diseño por el que no ha pagado; o cuando un diseñador gráfico cobra por corta-pegar un trabajo ajeno, sin dejar señal de ese trabajo ajeno, están aprovechándose de la creatividad de otros en su propio beneficio. Hay una diferencia, aunque el límite preciso sea difícil de marcar. Y lo demás son excusas.

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8 pensamientos en “Homenaje, intertextualidad, plagio

  1. Interesante y exhaustivo repaso, Santi. Es un tema que me apasiona. En las artes plásticas hay también unos cuantos casos curiosos. Por ejemplo, el artista Richard Prince, célebre por apropiarse de anuncios de Marlboro. En este artículo (en inglés) se recogen las opiniones del autor de una de las fotografías originales, que se llevó una buena sorpresa al saber el dineral al que se estaban pagando las obras “derivadas”.

    http://www.nytimes.com/2007/12/06/arts/design/06prin.html

    En artes plásticas ocurre lo mismo que comentas sobre el original, aunque quizá con mayor radicalidad que en literatura. Desde que Duchamp introdujo el ready made, el concepto de original dejó de tener mucho sentido, y el apropiacionismo se volvió una práctica habitual (especialmente en la llamada “Generación de las imágenes” en los 70 en EE.UU.). El límite, claro está, reside en que el artista apropiador debe añadir algo con su gesto que no esté ya en la obra original.

    • Sí, es un tema muy interesante, y a veces es muy complicado decidir si hay o no plagio, si hay o no intención de aprovecharse del trabajo ajeno, o si verdaderamente se está usando una obra anterior como inspiración para la propia actividad creadora.

      Otros dos ejemplos que se me ocurren ahora: la famosa foto retocada de Obama (un artículo al respecto: http://bostonist.com/2009/03/27/shepard_fairey_speaks_out.php), o la banda sonora de Inception (“Origen”), que utiliza una versión ultra-ralentizada de “Je ne regrette rien” (http://www.youtube.com/watch?v=UVkQ0C4qDvM). En el segundo caso no ha habido polémica; en el primero se habló directamente de “plagio”.

      En caso de duda, yo siempre optaría por no pitar fuera de juego. O sea… por creer en la buena fe del “artista derivado”. Pero es verdad que hay artistas con mucho morro…

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