El relojero

Yo no diría que estoy obsesionado con el tiempo. El tiempo como objeto o como materia me absorbe, es verdad, y me apasiona más allá de lo que cualquier persona consideraría razonable, pero rechazo el término “obsesión”, porque parece indicar enfermedad o desviación, y a mi juicio ningún interés que se llegue a tener por el tiempo como tema o como  fluido que nos habita y que habitamos puede ser excesiva o enfermiza. Todo tiene su explicación: soy relojero; me apasiona el tiempo. No sé qué fue antes, cuál es la causa de cuál. O a lo mejor no hay ninguna causa, en realidad. He dicho que todo tiene su explicación, pero a lo mejor nada tiene explicación: a lo mejor todo es, en el tiempo, simplemente.

Esta pasión mía (sí, pasión es la palabra justa) habría podido abocarme a la infelicidad, si no hubiera encontrado a un ser sencillo y múltiple, capaz de comprenderme y quererme en mi oficio y en mi excentricidad. Ella se llama Elena, es violinista. Nuestro amor se resume en el movimiento repetido y uniforme del metrónomo. La convivencia no siempre es fácil: yo paso larguísimas horas (larguísimas no, es una forma de hablar, las horas son lo que son) en la tienda, con mis herramientas y mi aprendiz, sincronizando de nuevo el universo. Y no son pocas las noches que me llevo trabajo a casa, donde tengo un pequeño taller a mi disposición.

Y tampoco son pocas las noches en que ella tiene que ensayar para un concierto, un recital, una clase, o simplemente para mantener la agilidad de los tedos y la tensión impaciente del espíritu. Y cuando ella toca a Vivaldi, o a Bach, puedo trabajar mientras la escucho; pero si ataca algo más moderno, más siglo XX, me descompongo y tengo que encerrarme en el dormitorio para ahogar la rabia y la desazón que me invaden. El problema no es que no me gusten Bartok o Schoenberg: el problema es quer me gustan, que soy capaz de percibir su belleza. Y no concibo que pueda existir belleza en el caos, en la destrucción del orden; es decir, lo concibo, pero me parece abominable, casi diría que inmoral si encontrase algún sentido a esa palabra.

Pero otras veces, cuando no consigo arreglar un reloj estropeado… No ser capaz de arreglar un reloj estropeado es para mí un cataclismo que supongo comparable a lo que siente un médico al perder a un paciente. O igual incluso peor, porque si no consigo que el reloj vuelva a andar, quien muere no es el reloj, ni siquiera yo mismo (eso sería tolerable porque saldría del tiempo), sino un pedazo de esa red cósmica inteligente que algunos llaman dios y que mantiene unido y en hora el universo. Cuando eso me ocurre vuelvo a casa tembloroso y aterrado, me siento en silencio en el sofá y escucho las últimas notas del violín de Elena, sea lo que sea lo que esté tocando.

En cuanto acaba viene, se sienta a mi lado, apoyo la cabeza sobre sus piernas y ella me acaricia rítmicamente el pelo y me canta alguna canción. En esos momentos veo el universo recomponerse delante de mis ojos, y siento que quiero a Elena, y que la seguiré queriendo mientras me quede vida por vivir, y que si existiera la eternidad, si yo fuera capaz de creer que la eternidad existe, hasta en ese tiempo sin tiempo incomprensible seguiría queriéndola.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s