Evelina

La casa en la que me recibía Evelina olía siempre a comida; pero no a comida en general, sino a un tipo concreto: alguna carne guisada con alguna especia, salsa, hierba o condimento que nunca conseguía identificar. Yo llamaba a su puerta; ella me abría vestida con un delantal de cocina, sudorosa, morena y escotada, y una oleada de olores alimenticios me golpeaba la nariz. Luego entraba, casi sin hablar una palabra, hasta su dormitorio, donde ella ya no llevaba el delantal y yo ya no llevaba orgullo, y seguíamos sudando juntos y olorosos. Al principio me sorprendió que mi mujer no notase aquella peste animal que hasta yo mismo notaba; pero luego comprendí que no era la peste lo que mi mujer no percibía, sino a mí.

Nunca le pregunté a Evelina qué olor era aquel, qué era aquella comida que cocinaba cada día (o a lo mejor no la cocinaba cada día, sino que era tan penetrante que se había impregnado en las paredes, en los muebles, en su ropa, en su piel). Evelina no favorecía las intimidades, y yo no las buscaba. Nunca necesité saber su teléfono ni concertar cita previa: desde que me la recomendó un compañero de aventuras, yo aparecía por su piso cada vez que me encontraba con tiempo, dinero, ganas y fuerzas, siempre al mediodía, en la pausa del trabajo, y ella me recibía siempre igual, con el mismo delantal, con el mismo olor a comida especiada rodeándola, con la misma indiferencia apasionada; y yo, como un perro de Paulov libidinoso, no podía oler aquel olor ni ver aquel cuerpo sin excitarme como un perro.

Y de repente, un otoño de un año especialmente largo, Evelina desapareció. Llamé a su puerta un mediodía, y no hubo nada: ni olor, ni escote, ni carne, ni cama, ni sudor. Volví cada mediodía de esa semana. Una vecina me chilló para que me fuera; hice preguntas que no tuvieron respuesta, y me fui y no volví nunca. Pero Evelina no dejó mi memoria ni mi fantasía: su cuerpo tenía esa clase de sensualidad adictiva. O quizás fuese el olor.

Meses después, una tarde al volver del trabajo mi mujer me sorprendió con la cena preparada; casi siempre cenábamos algo frío, rápido y poco comprometedor; pero esa noche había en el plato un guisado de carne con arroz. Nos sentamos, en silencio, y empezamos a comer. Todo mi cuerpo y toda mi alma reconocieron inmediatamente aquel sabor, aquella especia, salsa, hierba o condimento que inundaba el apartamento de Evelina y ahora su recuerdo. Le pregunté a mi mujer qué le había echado a la carne; me lo dijo, y comprendí; se me saltaban las lágrimas. “¿Te gusta?”, me decía ella; estaba visiblemente emocionada, y comprensiblemente sorprendida. Entonces descubrí que mi mujer, que se parecía tanto a Evelina como una bicicleta a un armario ropero, sudaba igual que ella.

Esa noche hablamos como hacía meses que no habíamos hablado. Luego hicimos el amor con una placidez delicada y romántica; después follamos como perros enjaulados, celosos. Al final, cuando ya me estaba venciendo el sueño, mi mujer se apoyó en el codo y me dijo: “Y yo que pensaba que este matrimonio ya no tenía remedio…”. Le sonreí, le di un beso leve en los labios y “no lo tiene”, le contesté. Luego volví a tumbarme, cerré los ojos para no oír, e intente evocar, por última vez, la imagen de Evelina, su casa, su delantal, su escote, su carne sudorosa y especiada.

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