Tren nocturno a Lisboa

Hacía tiempo que tenía ganas de coger el tren nocturno de Donostia a Lisboa o viceversa, para probar la experiencia (nunca había hecho un viaje tan largo en tren, nunca había ido en coche-cama) y también para comprobar si es una alternativa viable, para mí o para posibles visitantes, en caso de que los billetes de avión se pongan por las nubes. De hecho, una vez llegué incluso a tener comprado el billete de tren de Lisboa a Bilbao, pero luego hubo un imprevisto, tuve que adelantar el viaje y me fui en avión. Así que esta vez, que tenía poco equipaje y no tenía billete de avión, me decidi a probarlo.

Primera parada, Donosti: la estación de Renfe o “Estación del Norte”. Un vigilante me pide el billete y me indica el andén al que llegará el tren, y dónde parará aproximadamente mi vagón. Hay poca gente, alrededor de diez personas, pero bueno, es normal, quién va a coger un tren de Donosti a Lisboa un martes. Me entretengo mirando por las ventanas de las cas de enfrente, que están pegaditas a las vías. Pobres. Cuando por fin llega el tren-hotel, un revisor-conserje se baja, me vuelve a pedir el billete y me enseña mi departamento. “Hay otros dos señores”, me dice.

La primera impresión del tren es bastante cutre: la cortina del departamento está cerrada, hay una luz blancuzca de fluorescente, y cuatro literas con aire carcelario. En una de ellas, un chico joven, de pelo rapado, vestido con ropa negra y tatuajes en el antebrazo, ve una película en un ordenador portátil; en el pasillo de en medio resopla un señor de unos cincuenta años, de bigote y camisa de cuadros. Mi litera es una de las de arriba. El señor me ayuda a poner la escalerilla, subo, guardo las bolsas en el compartimento superior, y me echo en la cama, que no es la más cómoda en la que haya dormido, pero tampoco es la peor. Eso sí, no es recomendable para claustrofóbicos, ni para gente alta (yo no es que sea Pau Gasol, y los pies casi me sobresalen por abajo).

Luego la noche pasa bastante rápido. El chico de los tatuajes y el señor se van pronto a sus literas (el señor duerme con una máscara de aire enchufada a un aparato, pero afortunadamente no hace ruido, o no más que el que ya hace el tren de por sí); yo leo un rato más, y luego apago la luz. Es un mito que el traquetreo del tren te acune como a un niño; en realidad, te sacude como una batidora. Duermo a ratos, con sueño superficial y mirando el reloj cada poco tiempo, hasta las 3.30 más o menos; la siguiente vez que lo miro son las 8.30 y el revisor nos está anunciando que dentro de poco llegaremos a Coimbra. El señor se baja en Pombal; el musculitos sigue conmigo hasta el final. Ya despierto, me doy un paseo por el tren, me tomó un café -no tan espantoso como podría suponerse- en la cafetería y vuelvo a tumbarme un rato. Dormito y leo durante el tiempo que falta hasta llegar a Lisboa-Oriente.

Al final, saco conclusiones: la experiencia no ha sido espantosa, aunque tampoco mística, romántica, memorable. Dentro de lo que cabe, he tenido suerte con los compañeros de cabina, silenciosos, limpios, respetuosos. Se puede repetir como último recurso, para alguna ocasión así, en que no tenga mucho equipaje, ni mucha prisa, ni billetes de avión baratos. Pero como experiencia, de hacerlo así por hacerlo, con una vez vale. Para poder contarlo.

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4 pensamientos en “Tren nocturno a Lisboa

  1. A mi siempre me gustó viajar en tren, pero acompañado. Hacerlo solo es bastante peñazo.

    O tren que me leva pola veira do Miño…

  2. Yo hice un par de veces el Lisboa-Madrid, pero en coche-cama para mí solo, y la verdad es que fue una gozada. También debo decir que yo soy una especie de ultraortodoxo de los trenes. Estaba en mi cabina, leía, me hacía un peta, seguía leyendo, iba al vagón restaurante y me comía algo rico, volvía a la cabina, leía hasta dormir, despertaba con las primeras luces del día, pedía un café, cigarrito, ducha, ventanilla… Hummm…

    A mí, también, el traqueteo del tren me encanta, pero tiene que ver más con los mil viajes que hice de niño a Valencia en coche-cama. Sobre raíles me siento como en casa.

    • Hombre, eso tiene que ser otro rollo; mi cabina es que era realmente como una celda, aprovechando cada centímetro de suelo, pared y techo. Y como te toque algún compañero de viaje rarito, ya tiene que ser la leche.

      A mí me gusta el traquetreo del tren, pero cuando voy despierto mirando por la ventana, no cuando estoy intentando dormir y una sacudida hace que se me claven en las costillas los hierros de la barandilla de la cama… 😛

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