Es mi trabajo

A mí mujer no le gusta que hable tanto de mi trabajo, pero qué le voy a hacer, es mi trabajo, y prácticamente no hago otra cosa en la vida: cada día, entre diez o doce horas al día, cinco o seis días por semana, es lo que soy, y por eso es de lo que hablo, aunque a mi mujer no le guste. Por una parte, entiendo que no le guste que hable de ello, sobre todo delante de extraños, porque mi trabajo no es un trabajo normal, y mucha gente no entiende que un trabajo es un trabajo, y nada más. Pero por otra, yo estoy orgulloso de mi trabajo, de ser capaz de hacer mi trabajo, y de hacerlo bien. Muy poca gente podría hacer mi trabajo, mucha gente me lo dice, yo no sería capaz, me dicen.

Pero a mi mujer no le gusta: ni que hable de ello, ni mi trabajo. Creo que sobre todo es por las manchas. Y el olor. Yo el olor no lo noto, después de diez o doce horas allí metido ya no lo huelo, no lo huelo, creo que no huelo nada, en realidad. Pero las manchas sí las veo, y mira que intento no mancharme, pero a veces es inevitable, y al llegar a casa mi mujer me evita, se hace la dormida para no tener que darme un beso o hacer otras cosas, y a mí tampoco me importa demasiado, si soy sincero, porque después de diez o doce horas allí, concentrado en el trabajo, cuando llego a casa estoy destrozado, y muchas veces con dolor de cabeza por el esfuerzo. Y los gritos.

Yo nunca habría imaginado llegar hasta aquí. Quiero decir, ni se me habría ocurrido imaginar que podía llegar hasta aquí. Es verdad que el trabajo es desagradable, pero ¿es que es agradable el trabajo de los mineros? ¿Y el de las chachas? ¿Y el de toda esa gente que se pasa el día sentada en una mesa copiando números y haciendo sumas? Mi mujer me dice que lo deje, que me busque otra cosa, que ya saldremos adelante. Pero yo le digo que no, que un trabajo como este no se deja. Hoy por hoy, un trabajo como este no se deja. Si consigues, o si te ofrecen un trabajo como este, lo aceptas, y cumples hasta el día que te mueras o te jubiles, lo que pase antes. Y punto.

A veces mi mujer se pone muy pesada con esto. Una vez hasta me puse violento con ella. Es que había sido un día especialmente duro en el trabajo, terrible, horrible. Y llegué a casa, y ella  que estaba despierta, me olisquea como un perro, y me dice lo de siempre, que lo deje, que quiere que lo deje, que no soporta la idea de estar conmigo si sigo haciendo eso. Que si sigo haciendo eso me dejará. Me puse hecho una fiera. Le grité, le dije de todo, le llamé de puta para arriba, le dije que a ver si había otro hombre, que tenía que haber otro hombre, que a ver si el otro hombre tenía un trabajo mejor. Le dije que eso lo hacía por ella, por nosotros, y por los hijos que íbamos a tener. Le recordé que el trabajo me lo buscó su padre, y que no pensaba dejarlo y quedar como un imbécil y un blando y un irresponsable delante de su padre. No llegué a pegarle, porque dios no lo quiso. Había sido un día especialmente duro en el trabajo. Luego le pedí perdón.

Desde entonces, curiosamente, las cosas han ido mejor. Cuando llego a casa, ella está casi siempre dormida, o finge estar dormida, y a mí no me importa demasiado, la verdad, porque después de diez o doce horas allí encerrado lo único que quiero es cenar -ella me deja siempre un plato en el microondas para que me lo caliente-, ducharme e irme a dormir. Luego, los fines de semana, si no me llaman para trabajar, nos vamos a algún sitio, los dos solos, sin nadie más, y yo hablo de mi trabajo y mi mujer me escucha aunque no le guste. Es mi trabajo, es mi vida, de qué otra cosa voy a hablar.

No me puedo quejar, no. Las cosas me van bien. Precisamente el otro día el jefe me dijo que están encantados conmigo, que es posible que me suban el sueldo. Ese día llegué antes a casa y le di a mi mujer un beso en todos los morros como los de antes, como los de al principio. Con manchas, con olor y con todo. Ella se resistía al principio pero luego se dejó ir y terminamos, bueno. Esa misma noche me dijo que creía que estaba embarazada. Que hacía casi dos meses que no tenía la regla y que se había hecho una prueba y que sí. Que estaba embarazada. Si vamos a tener un niño, le dije, voy a tener que trabajar más horas, le dije.

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8 pensamientos en “Es mi trabajo

  1. Me ha encantado la forma en que está narrado. Qué sensación de opresión y de ansiedad, y también un poco de náusea al imaginar los olores, las manchas, el círculo cerrado de esa vida… ¡Qué bien lo has transmitido, se me ha quedado el mal cuerpo! 😀

  2. Genial, Santi. Está narrado magistralmente. Puedo ser cabrón y destacar un más que notable parecido con otra historia? Es que estoy volviendo a ver Lost desde el principio, y bueno, Jin y Sun…

    • Muchas gracias, Jaime, acabas de hundirme 😦 Que conste que no se me había ocurrido esa similitud, aunque claro, Lost nos ha marcado tanto, que aparece cuando menos te lo esperas…

      En todo caso, la actitud vital de Jin ante su trabajo y ante Sun es muy distinta a la de este narrador-protagonista… Jin es un personaje torturado por el remordimiento; este está tan feliz consigo mismo…

      Por cierto que (no por culpa de este comentario, ¿eh?, que conste), me estoy planteando hacer un cambio al texto: que no sea “su padre” sino “mi padre” quien le consiguió el trabajo. Eso también podría abrir otras posibles vías de interpretación del texto, además… En fin, ¿qué os parece?

  3. (Respuesta al comentario de Ensada de antes)

    No, no le valdría como reproche, pero podría explicar a lo mejor por qué está tan unido al trabajo. Sería algo así como “mi padre me buscó este trabajo, y no puedo decepcionarlo”. A lo mejor es muy obvio…

  4. Con lo cual le daría pie a ella a criticarlo por calzonazos, siempre haces lo que dice tu padre, el vejo está chocho y tu vas por su camino…

    ¿Tú no has estado casado, verdad? 🙂

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