¿Dónde están mis amigos?

A mi generación le ha tocado ser nómada“, fue la frase que eligieron como titular para aquella entrevista en el Correo; después de decirla (sí, la dije tal cual), y de que la publicaran como titular, me he preguntado si es verdad, o sea, si nuestra generación (digamos, los que estamos entre 25 y 35 años, por ejemplo) es más nómada que las anteriores.

Miro a mi alrededor e intento hacer una media. Por supuesto que tengo muchos amigos que viven desde siempre en Bilbao, que solo han vivido en el extranjero durante su año Erasmus (muchos, ni eso) y que probablemente, porque ya tienen familia, casa, trabajo más o menos fijo, probablemente ya no se muevan a otro sitio. Pero pienso en los que eran mis amigos más cercanos durante la universidad, o en el colegio, y me encuentro con que dos o tres están en Madrid; una vive en Londres; otra en Barcelona; la de más allá está en Nueva York (después de haber pasado por París y Argentina) y la de más acá -es un decir- en Buenos Aires, después de haber pasado por Perú, Venezuela y Guatemala. Hay gente que ya ha hecho el viaje de ida, y ha vuelto a casa, desencantado, cansado de la inestabilidad o simplemente porque sabía que se trataba solo de una aventura temporal.

Esto es innegable: conozco muchísima gente que ha abandonado su ciudad para buscar un trabajo, o en general, una vida en otra parte. Pero me pregunto dos cosa: ¿son mis conocidos representativos del conjunto de mi generación? Y lo segundo: ¿hasta qué punto es nuestra generación más nómada que las anteriores? Es evidente que el perfil del “emigrante” (ni siquiera se les suele llamar así) ha cambiado: la mayoría de estas personas de las que hablo son titulados universitarios, que en algunos casos se van porque tienen una oferta concreta (estos es más fácil que se queden) y en otros, para buscarse la vida, aceptando incluso trabajos de perfil inferior o fuera de su ámbito con tal de mejorar el idioma que sea (estos suelen volverse después de un tiempo, salvo que surja algún incentivo que les haga quedarse).

Por cierto, una impresión secundaria que tuve estas navidades al volver a Bilbao, es que quienes se han quedado, quienes no han salido del país ni de la ciudad, están más “asentados” (tiene casa, la mayoría están casados, muchos tienen hijos) que quienes nos hemos ido a dar tumbos por el mundo. ¿Será que la estabilidad atrae a la estabilidad, o más bien, al contrario, que quienes nos hemos ido teníamos ya el “síndrome de Peter Pan” en las venas, y por eso decidimos irnos?

Por cierto

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3 pensamientos en “¿Dónde están mis amigos?

  1. Es una regresión atávica a las bandas errantes de cazadores prehistóricos. Antes nos íbamos a poner tornillos en una fábrica alemana, ahora a ajustar neuronas en una universidad irlandesa. Creo que ha sido una mejora, pero seguimos emigrando.

    Caminante no hay camino…

    • Además del hiperlúcido comentario de Ensada, añadir que la reflexión de santi, especialmente la conclusión del último párrafo, es totalmente cierta. Aunque yo desligaría esto del síndrome de Peter Pan: no me parece tanto un “no querer crecer”, más bien un “creceré mejor si me marcho”.

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