Mis hormigas y yo

Vi la primera hormiga unos nueve meses después de empezar a estudiar para la oposición. La estuve mirando un rato, moviéndose por el suelo aparentemente al azar, investigando distintos caminos, dando vueltas sobre sí misma. Luego la aplasté con un dedo implacable y un moderado sentimiento de culpa ecológica. A partir de entonces mantuve un ojo en los apuntes y otro en el suelo, y cuando creía ver algún movimiento minúsculo me levantaba de la mesa, examinaba pacientemente la habitación y, cuando no encontraba nada (normalmente no encontraba nada) volvía a mis apuntes.

Pero las hormigas seguían llegando. Espaciadas en el tiempo, por sorpresa (no cuando las buscaba, sino cuando dejaba de buscarlas), rodeando mi pie durante el café del desayuno o correteando alocadas por las patas de la mesa mientras estudiaba. Y yo seguía matándolas, ahora ya a palmetazos, con pañuelos de papel o con los propios libros de la oposición: con lo que tuviera a mano. Daba la impresión de que cuanto más tiempo pasaba estudiando, más me acosaban después las hormigas.

Hasta que por fin encontré el agujero por el que entraban, junto a la ventana de la cocina. En ese momento llevaba ya un año estudiando para la oposición, que se acercaba en el horizonte, pero eso era secundario: en mis pausas de estudio, cazaba hormigas; pronto fue al revés: en mis pausas de cazador, estudiaba Derecho. Me sentaba en silencio, intentando no parpadear (hacía un esfuerzo deliberado por no parpadear, qué cosa tan rara, ¿no?), y cada vez que una hormiga aparecía como de la nada, por un rendija imposible o inexistente, ¡zas!, le atizaba con la regla y apuntaba -mentalmente- otra muesca en mi fusil.

Llegó la oposición, que me fue mal. Pero no me importó demasiado. Volví del examen casi corriendo, para volver a ponerme en posición de vigía, angustiado por la posibilidad de que las hormigas hubiera conquistado mi casa aprovechando mi ausencia. Y efectivamente, lo estaban intentando: cinco muescas más.  Dormía poco y soñaba con hormigas que sabían más de leyes que yo. Mi madre solía llamarme casi todas las noches: “¿ya estudias? ¿ya comes? ¿ya duermes?”, y yo contestaba a todo que sí, sin dejar de mirar al hueco en la pared.

Luego, una mañana, el desastre: en mi cuarto de baño, una fila alargada y temblorosa de hormigas, cruzando de la bañera al lavabo, del lavabo a la bañera. Debían de haber encontrado otro hueco en otra pared. Matarlas a todas habría sido posible, pero seguramente inútil: vendrían más, otras, más grandes y más rápidas, más listas, con más conocimientos de Derecho. Me quedé un rato como atontado mirando la fila de hormigas, tan disciplinadas, y yo tan perezoso, con mis apuntes de la oposición acumulando polvo encima de la mesa.

Ese día cambió mi actitud ante las hormigas: después de todo, son inofensivas; algo desagradables a la vista, tan pequeñas e histéricas, pero no pican, no muerden, no transmiten enfermedades. Me resigné a compartir la casa (mi casa, mis cosas, mi comida, mi vida) con ellas, y hasta las saludaba por las mañanas nada más despertarme (a todas en grupo, es inútil ponerle nombre a una hormiga que a lo mejor no volverás a ver nunca). Intenté volver a centrarme en los estudios: me sentaba en mi silla, fijaba la vista en el libro, intentaba no parpadear, pero era inútil, al cabo de unos minutos las palabras empezaban a bailar en la página como si fueran filas de hormigas negras y disciplinadas sobre el suelo del baño.

Llegó otra vez la oposición: llevaba ya casi tres años preparándola, y tenía la sensación de saber menos que la primera vez, menos que al principio de todo, antes de las hormigas. Cuando me entregaron el cuadernillo con las preguntas me fue imposible recordar mi propio nombre. Dibujé meticulosamente una hormiga enorme en medio de la página, con todos los detalles que pude recordar, que fueron muchos. Luego entregué el examen, y me fui andando para casa. Llamé a mi madre. Le dije que iba a dejar de estudiar para la oposición, que no tenía sentido, que no valía para esto. Ella lloró, pero yo estaba distraído porque me parecía haber visto una hormiga.

Desde entonces, y de eso hace ya más o menos tres meses, prácticamente no he salido de casa. En realidad, paso la mayor parte del tiempo tumbado en la cama, de costado, buscando con la mirada alguna hormiga que me entretenga. Por la noche las siento corretearme por el cuerpo (o puede ser solo mi imaginación, que ya se sabe que se acrecienta en la oscuridad), y las dejo hacerme cosquillas, con una intimidad casi sensual. Si me levanto de la cama, oigo los cuerpos de las hormigas crujir bajo mis pies, así que intento no levantarme. Les cedo la preferencia, el territorio, la supremacía. Más de una vez me ha pasado ir a llevarme algo a la boca y encontrarme con una hormiga en los labios: si es así, lo dejo -no por asco, sino por respeto-. Cuando suena el teléfono, creo oír el chirrido de las hormigas frotando sus cuerpos unos contra otros, y no contesto. Los apuntes de la oposición siguen abiertos encima de la mesa y, ahora sí, ahora ya no hay duda, están llenos de hormigas.

Mi madre viene a visitarme una vez por semana. Le preparo algo de comer y hablamos un rato. Le miento: le digo que estoy buscando trabajo, que estoy pensando volver a estudiar. Cuando ella viene, las hormigas parecen retirarse, esconderse en sus rincones; mi casa vuelve a ser mía por unas horas; es una sensación horrible. Estoy deseando que mi madre se vaya para volver a tumbarme en la cama, de costado, buscando hormigas con la mirada. Y ellas vienen a mí, en oleadas, como una marea negra, y lo invaden todo. Yo me dejo invadir. Y cuando se hace de noche las hormigas cierran mis ojos y me envuelve la oscuridad, como un vientre palpitante y profundo.

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7 pensamientos en “Mis hormigas y yo

  1. Como nadie se anima a comentar esta vez, comento yo varias cosillas:

    1.- Este cuenteciglio tiene dos inspiraciones: una de la vida real (mi casa de Lisboa está siendo asediada por las hormigas) y otra literaria: hace unos días leí un cuento de José Cardoso Pirés titulado “As baratas” (“las cucarachas”) sobre un hombre que lucha -y pierde- contra las cucarachas que invaden su casa.

    2.- Modestia aparte, me gusta la última frase. El último adjetivo me costó lo suyo, pero creo que al final acerté. Por cierto, el último párrafo es un añadido “a posteriori”, en la primera versión que publiqué el texto terminaba con los apuntes llenos de hormigas.

    3.- Queridos lectores, ¿creéis que las hormigas del cuento existen en realidad, o solo están en la mente del narrador-protagonista? ¿Os habíais planteado esa posibilidad? ¿Creéis que el texto insinúa esa posible lectura, o no?

    Y ya.

  2. Debo decir que soy un tipo obsesionado con las hormigas, hasta el punto de saber mucho del tema y criarlas en mi propia casa, alimentarlas, darles de beber, ayudarlas a tener crías… Pero este no es el tema. aunque si tienes dudas, pregunta.

    Sí: la última frase es muy buena. ¿Cuándo hablas del “último adjetivo” te refieres a “profundo”?

    Y sí: en ningún momento yo he llegado a pensar que existan realmente, sobre todo por esa frase inicial: “Vi la primera hormiga unos nueve meses…”. Me sonó fantasmal; me sonó alucinatoria, por el uso de “primera”; me sonó metafórica, por los “nueve meses”… Pero quizá soy un pirao.

    • ¿Y tú crees que las hormigas necesitan ayuda para reproducirse? 🙂 Bueno, no sé, tú eres el experto…

      Sí, el último adjetivo me refiero a “profundo”, que no es que sea el colmo de la originalidad, pero complementa bien a “palpitante”. Creo. Y la imagen de “las hormigas cierran mis ojos” tampoco era la primera versión, que era más descriptiva y más asquerosa, algo como “se me llenan los ojos de hormigas” o “las hormigas invaden mis ojos”.

      Curioso: yo pensaba que había sido relativamente sutil sobre la “locura” del protagonista, por lo menos al principio, pero ya veo que desde la primera frase… 🙂

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