Estampa otoñal en Lisboa

Por motivos que nunca entenderé me despierto pensando en El Doncel de don Enrique el Doliente. No me queda leche, pero sí zumo: sabor a jarabe, acidez de estómago. Con una mano borro el vapor que empaña el espejo. La cuesta de mi calle resbala; amenaza con volver a llover; hay una capa cenicienta que lo cubre todo. En el metro, solo funciona uno de los tornos de entrada: se forma una pequeña cola multiétnica y nerviosa. En el suelo del vagón, una caracola blanca. Un hombre ciego hace música con su bastón y una lata; me pregunto si ya estoy despierto. Leo unas pocas páginas de Estupor y temblores. Paseo por Alvalade y por un momento me parece que estoy paseando por Brooklyn, por Constanza, por Limerick, por Deusto. El viento arranca oleadas de hojas amarillas. Me sobrevuela un avión de una compañía desconocida. Llego a la Biblioteca Nacional y saludo al conserje. El dispensador de gel contra la gripe A está vacío, y a nadie se le ocurre ya reemplazarlo. Todo está teñido de cierta irrealidad, como una pequeña concha marina en el suelo del metro.

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