Estampa académica (la ciencia y un abrigo)

El aire acondicionado que sirve de calefacción produce un zumbido que se mezcla con la voz del ponente, y la supera en volumen y en interés. Las influencias francesas en la última poesía de Juan Ramón Jiménez, algún tema así, hace tiempo que he dejado de escucharle. Es la tarde del tercer día de congreso, después de comer, y ayer fue la cena oficial seguida de las copas oficiales; no hace falta decir más. El cerebro está saturado de información y el cuerpo, embotado de inmovilidad. La única razón por la que sigo aquí es que luego tengo que presentar mi propia comunicación; si no, estaría como el otro 75% de los participantes, haciendo turismo o durmiendo la siesta; o de vuelta en mi casa.

Entonces se abre la puerta del auditorio, inconvenientemente situada a la izquierda de la palestra de oradores, y, rodeada de una luz casi sobrenatural (por lo menos, eso me parece a mí) entra en la sala una mujer alta, esbelta, de pelo largo y piernas largas, vestida con un abrigo gris igualmente largo y una bufanda granate. Tiene aire francés, aunque esta asociación a lo mejor viene dada por la voz del ponente, que en estos momentos está citando a Mallarmé. Inmediatamente se nota que ha habido un cambio en la atmósfera de la reunión, no solo entre los hombres, pero sobre todo entre los hombres. Hasta el zumbido del aire acondicionado parece haber remitido ahora que sabe que nadie le escucha.

Intentando no llamar la atención, la muchacha ha decidido quedarse en una esquina, en una de las primeras filas, pero ha conseguido exactamente lo contrario: ahora todo el mundo la mira a ella, con más o menos disimulo, esperando impacientemente a que se quite el abrigo e imaginando lo que puede llevar debajo: algo a juego con la bufanda, sin duda. Y la bufanda es precisamente la que la entretiene más de lo debido, enredándosele en el pelo y obligándola a hacer un movimiento como de anuncio de champú. Se nota que está dudando entre sentarse con el abrigo puesto y aguantar el calor y la incomodidad, o quitárselo antes de sentarse.

El ponente, que a estas alturas sabe perfectamente que ha sido desplazado del centro del foco, eleva un poco el tono y acomete una apasionada, aunque algo extemporánea, defensa de la poesía pura. Mientras, con el rabillo del ojo vigila los movimientos de la mujer morena, que ha empezado finalmente a desabrocharse los botones del abrigo.  A mi lado, un catedrático experto en lecturas marxistas del teatro de preguerra se agita en su silla; casi puedo oír cómo traga saliva (¿o soy yo?). La muchacha está atrapada entre el deseo de terminar cuanto antes y el deseo de no hacer ningún ruido que interrumpa al orador, que ahora ha comenzado a recitar versos de Animal de fondo con voz engolada y aire místico.

Y llega el momento decisivo en que, con todos los botones desabrochados, la mujer empieza a quitarse el abrigo. La sala (aproximadamente un 25% de la crema y nata de la academia hispánica) contiene el aliento. El abrigo comienza a bajar por los hombros (“el mar siempre despierto”, está diciendo el ponente), a deslizarse por las mangas (“el mar despierto también ahora a mediodía”) y dejar al descubierto (“cuando todas reposan menos yo y tú”) un castísimo jersey violeta, y un igualmente casto pantalón gris que va a embutirse en unas altísimas botas negras. La muchacha se sienta, y los alientos contenidos se transforman en un suspiro desilusionado: ni un centímetro de piel ha sido desvelado por el desabrigamiento.

El ponente, deseoso de aprovechar su momento y llenar el vacío en la atención de su público, acomete entonces sus conclusiones, que en el fervor del momento nos parecen (por lo menos a mí) ambiciosas, pertinentes, inteligentísimas. Acaba, visiblemente satisfecho, con un “muchas gracias” que tiene algo de ironía; la salva de aplausos reglamentaria se inicia, suena, se disuelve y desaparece sin que sepamos muy bien a quién estamos aplaudiendo. Después el moderador da paso al siguiente comunicante (“…de la universidad de Wisconsin y experto en…”) mientras los asistentes volvemos a sumirnos en un sopor cálido y ronroneante, con un ojo siempre puesto en la puerta del auditorio, por si acaso.

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5 pensamientos en “Estampa académica (la ciencia y un abrigo)

  1. Jajaja, muy bueno!! Y muy verídico además! Cómo sabes mantener la atención del lector.. se ve claramente que está basado en muchas historias reales, jaja! Pero Santi, te paras castamente cuando empieza la parte calenturienta. Nada de amodorrarse frustrados por no ver un centímetro de piel. A partir de ese momento la flor y nata de la academia empleará sus amplios recursos de abstracción y especulación para desnudar -en el reino de las ideas- a la muchacha morena y especular con todas y cada una de las exquisiteces que podría sugerir su cuerpo imaginado.
    Todo esto está sonando escandalosamente sexista, pero lo cierto es que no tengo ni idea de si las señoras académicas se entretienen en idénticas ensoñaciones durante los congresos. ¿Algún testimonio que confirme la aplicación del marco teórico al caso femenino?

  2. Pingback: Articulo Indexado en la Blogosfera de Sysmaya

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