¿Quién quiere un recital?

En general, tengo muy buen recuerdo de mis años de universidad, tanto en la parte académica como en la extra-académica. Pero muchos de mis mejores recuerdos (y también algunos de mis mejores amigos) se los debo al Taller Literario. Recuerdo muy especialmente los recitales de poesía que organizamos (aproximadamente dos por año, algunas veces más), y de los que llegamos a ser casi una productora a demanda: díganos un tema y una duración, y le organizamos su recital a medida.

En realidad, la experiencia no empezó demasiado bien. El primer recital que organizamos, cuyo tema no recuerdo, lo reorganizamos de cabo a rabo cuando faltaba menos de una hora para empezar, para disgusto de mucha gente, y aunque de cara al público salió bien, creo que nadie lo recuerda con especial cariño. Luego la cosa mejoró con la práctica: nos especializamos en recitales sociales y amoroso-eróticos, así que casi siempre terminábamos recurriendo a Neruda, a Benedetti y a Bertolt Brecht (entre otros). Alcanzamos nuestro cénit con un recital que conmemoraba la aprobación de la Declaración de los Derechos Humanos, ante un Paraninfo de Deusto abarrotado; claro que una pequeña parte del auditorio estaba ahí para oír a Tontxu, que por aquel entonces era el cantautor de moda y tocaba después de nosotros; pero eso son detalles, detalles.

Otros recitales no fueron tan exitosos. El más extravagante que organizamos fue uno sobre “poesía de objetos”; creo que yo propuse el tema; no fue muy popular. Se puede decir que morimos de éxito: como veíamos que no necesitábamos ensayar para que los recitales quedasen bien, cada vez ensayábamos menos. También empezamos a esforzarnos menos en publicitarlos (habíamos llenado el Paraninfo: para qué necesitábamos publicidad). Hasta que para un recital, creo recordar que sobre “poesía de la cárcel”, y una vez descontados rapsodas y organizadores, solo había una persona en el público. Y era el novio de una de las rapsodas. Creo que ese fue nuestro punto más bajo.

En todo caso, ya digo que los recitales nos salían casi siempre bien, en parte gracias a recitadores como Txus, Esti, Edu o Isabel (y muchos más, todo el que quería recitar lo hacía), al acompañamiento musical de Jonca, o también, por qué no, al hecho de que yo me negase a recitar. Es mejor retirarse a tiempo, que acabar como el Julen Guerrero de la recitación. A cambio, yo me dedicaba a la intendencia: fotocopias, música, luces, puertas, el primer aplauso al final del recital (sí, esa era una de mis labores). También me dedicaba a sugerir, recital tras recital, que nos desnudásemos y sacrificásemos una cabra en el escenario. No sé por qué, nunca me lo permitieron.

Recuerdo estos recitales, no lo voy a negar, con cierto orgullo. Modestamente, son mi única incursión en el mundo del espectáculo (salvo que dar clase y preparar ponencias se considere espectáculo, que en cierto modo lo es). Aunque por personas interpuestas, yo también sentía el miedo escénico, y el estrés de las bambalinas cinco minutos antes de empezar, cuando había que hacer veinte fotocopias del guión del recital, no sé quién estaba ensayando su texto por primera vez, y había que ir corriendo a bedeles a coger una silla más porque nos habíamos olvidado de X, que acababa de aparecer por la puerta.

Pero luego, pasados esos cinco minutos, se levantaba el telón (metafóricamente: no teníamos telón) y empezaba el show. Y todo salía bien. Casi siempre.

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6 pensamientos en “¿Quién quiere un recital?

  1. Yo hice un comentario a esta entrada, ocurrente y gracioso, que entretenía y emocionaba a la par, pero la Red flaqueó y adiós. En él hablaba de un famoso cantautor que cantaba amores adolescentes en un recital de poesía de la experiencia, y de cómo ni Santi ni yo tuvimos la valentía de decirle que usara su guitarra para asar castañas. Pero dicho así no queda gracioso.
    Era muy bueno, mi comentario.

    • Aaaaah, acabo de caer. La verdad es que había borrado de mi mente ese momento terrible, y de hecho incluso ahora me cuesta recordarlo. Es lo que pasa con los traumas. Pero sí, ahora que lo dices recuerdo lo mal que lo pasamos escuchando sus “canciones” (sic)…

      Y por cierto, también recuerdo, no sé en qué etapa tallerense, a un poeta chileno que estaba encantado de haberse conocido, y que recitaba poemas sobre “las frazaaaaadas”. Ya me gustaría acordarme de cómo se llamaba, a lo mejor resulta que ahora es famoso…

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