El sexo de los ardientes (a la tercera…)

Todo empieza con un roce de la mano de él en la cadera de ella, que podría no significar nada pero que en medio del calor húmedo de la tarde está cargado de sentido. Ella pega un respingo, como si hubiera recibido una descarga eléctrica, pero no hace nada para apartar la mano de él y lo mira a la cara con ojos brillantes y muy abiertos. Después se besan en los labios, absorbiéndose, apretándose, mordiéndose el uno al otro, apoyados en la pared de la cocina. Por el pasillo, de camino al dormitorio, se van quitando (casi arrancando) mutuamente la ropa, que queda esparcida y expuesta por el suelo. Sus cuerpos no son espectaculares, pero el deseo los hace sensuales, brillantes, hermosos.

Ya sobre la cama se despojan febriles de las últimas prendas, y temblorosos se acarician, se lamen, se muerden en todos los rincones y en todas las posturas. Después él se pone encima, y ella lo rodea con las piernas mirándole a los ojos con la boca entreabierta. Las espaldas se tensan y se oyen los primeros gemidos profundos e incontrolados. De vez en cuando ella le grita instrucciones (“así, más arriba, espera, más rápido, para”) e intenta guiarle con sus manos, con sus caderas, con todo su cuerpo. Él responde solo con gruñidos y sigue besándola en los labios, en el cuello, en los hombros, buscando acoplar su propio ritmo al de ella. Durante unos minutos se oyen jadeos rítmicos, el roce de las sábanas contra los cuerpos, gritos ahogados. Giran sobre la cama, sudorosos, contrayéndose, buscándose, primitivos y voraces. Luego las voces y los gemidos suben de tono y de frecuencia, y todo acaba. Terminan desacompasadamente: ella primero, él con los últimos embates, poco después.

Él se deja caer sudoroso sobre ella, sin preocuparse por aplastarla. Sus cuerpos brillan de sudor; las respiraciones se entrecortan, los músculos tiemblan, el corazón intenta recuperar el ritmo. Después él, jadeante, se retira y rueda hacia el costado, ocupando la otra mitad de la cama. Ella se queda mirando al techo, y con una mano se recorre el vientre, el ombligo, las caderas. “¿Te acuerdas de cuando estuvimos en Buenos Aires?”, le pregunta, por ningún motivo; él sonríe, porque sí sabe el motivo. Luego ella se levanta y se va al baño. Él mira su cuerpo desaparecer detrás de la puerta, y se obliga a combatir las primeras oleadas cálidas del sueño. Cuando ella vuelve al dormitorio, él está esperándola. Se acuesta a su lado, posa su mano en la cadera de él y lo mira. “¿Repetimos?”.

Y así cada tres o cuatro días durante los últimos 17 años.

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20 pensamientos en “El sexo de los ardientes (a la tercera…)

  1. Si realmente es así cada tres o cuatro días durante los últimos diecisiete años, evidentemente te ha faltado mencionar la cocaína y la pérdida de memoria reciente, supongo…

    • Hombre, uno se pasa más de tres años escribiendo entradas profundas, eruditas, poéticas, divertidas, entrañables, sesudas, originales, y al final lo que sube las visitas es poner “sexo”, “ombligo” y “gemido”. Ya ves tú…

      • Bueno, la de la patata estaba bien… 😛

        No, hablando en serio, yo creo que lo que sube las visitas es publicar entradas, sea de lo que sea. El día que publiqué la de “Soy un pirata” llegué a las 155 visitas; y este mes, que estoy publicando más, va a ser el mes con más visitantes de este año, creo…

  2. Imagina si publicas una bajo el título “Sobre el sexo de los piratas y comentarios hostiles hacia Benedicto González-Sinde”…

    • La entrada perfecta sería algo así como “Sánchez Dragó y González-Sinde utilizan Linux para ver porno y la SGAE cobra canon”. Y ya si consigues mencionar a Fernando Alonso, Pau Gasol o Rafa Nadal, te sales.

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