El sexo de los alegres (para compensar)

Todo empieza con un roce de la mano de él en la cadera de ella, que podría no significar nada pero que en medio del silencio y la rutina está cargado de sentido. Ella se ríe ligeramente, como si le hiciera cosquillas, pero no hace nada para apartar la mano de él y lo mira a la cara con ojos brillantes y pícaros. Después se besan en los labios, sin prisa ni límites, con una sonrisa bailándoles por debajo del beso. Caminan juntos de la mano (ella delante, sin mirar atrás) hasta el dormitorio. Se desnudan el uno al otro lentamente, con una premeditada precisión funcionarial, doblando y colocando las ropas sobre las sillas, y después se tumban sobre las sábanas blancas. Sus cuerpos no son espectaculares o sensuales, pero hay en ellos una claridad que trasluce más allá de la piel.

Se acarician largamente en silencio y exploran el cuerpo del otro con los dedos, los labios, los dientes. Después él se pone encima, y ella lo rodea con las piernas mirándole a los ojos con la boca entreabierta. De vez en cuando le da instrucciones en una voz suave (“así, más arriba, espera, más rápido, para”) e intenta guiarle con sus manos. Él responde solo con gruñidos y la besa en los labios, en el cuello, en los hombros. Durante unos minutos se oyen jadeos rítmicos, el roce de las sábanas contra los cuerpos, gritos ahogados. Giran sobre la cama, deshaciéndola entera. Luego las voces y los gemidos suben de tono y de frecuencia, y todo acaba. Terminan desacompasadamente: él demasiado pronto, ella casi apenas no.

Él se apoya sudoroso en los codos, intentando no aplastarla. Se besan una última vez y, sin motivo, empiezan a reírse. Después él, jadeante, se retira y rueda hacia el costado, ocupando la otra mitad de la cama. Ella se queda mirando al techo, y deja escapar un largo suspiro cansado. “¿Te acuerdas de cuando estuvimos en Buenos Aires?”, le pregunta, por ningún motivo; él sonríe, porque sí sabe el motivo. Luego ella se levanta y se va al baño. Él mira su cuerpo desaparecer detrás de la puerta, y siente que le invaden las primeras oleadas cálidas del sueño. Cuando ella vuelve al dormitorio, él ya está dormido, de cara a la pared. Ella se acuesta a su lado, le pasa un brazo por la cintura y cierra los ojos.

Y así cada tres o cuatro días durante los últimos 17 años.

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5 pensamientos en “El sexo de los alegres (para compensar)

  1. Menos mal que he entrado hoy por primera vez esta semana y que he leído este antes que el otro. Así leído primero me ha parecido hasta bonito y todo. Aunque luego uno lee el otro y ve las similitudes, claro..

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