Hablemos de la muerte

Hablemos de la muerte. ¿No queréis? Hablemos de ella sin dramatismo y sin miedo, sin respeto y sin pudor. Sin morbo. Hablemos de las heridas abiertas por la muerte, de la vaga esperanza en una vida más allá de sus puertas. Hablemos de muertes serenas y cálidas como un sueño más largo, o de muertes violentas, absurdas, ridículas. Del valor de la muerte, del atractivo de la muerte, de la repulsión que nos produce la muerte. Del silencio que rodea a la muerte.

Quizás nos convenga saltar a otros lugares o a otros tiempos: ver las cometas guatemaltecas del Día de los Muertos de las que hablaba Paaliy; las máscaras y los caramelos de Halloween desnudados de cualquier sentido trascendental; las Danzas de la Muerte medievales; los rituales primitivos del solsticio de invierno. La muerte, el abismo y la noche: no debemos olvidarlos. No debemos dejar que nos infecten la vida, pero tampoco debemos olvidarlos. No dejemos a los poetas que visten de negro  la exclusividad de la muerte; la muerte es de todos, reclamemos nuestra parte.

Hablemos de la muerte. Hoy, víspera de Todos los Santos, júntate con tus seres queridos y pregúntales qué piensan de la muerte. Recordad a los muertos con cariño y con calor. Preguntaos qué pasaría si murieseis hoy, mañana, la semana que viene. En contra de lo que pueda parecer, hablar de la muerte más a menudo puede ser una manera de dar contraste a la vida; de celebrarla; de hacerla aparecer en toda su improbable grandeza.

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