Breve biografía orlandiana

Como sabe todo el mundo que me conoce, nací en las montañas de Cantabria en 1257, hijo de unos vaqueros que me cuidaron con todo su amor y leche fresca hasta que tuve edad de mordisquear la corteza de los árboles por mí mismo. Lo pasé mal en las repetidas hambrunas del siglo XIV, que me pillaron (todas ellas) en mi más tierna infancia, aunque para entonces ya había aprendido a ordeñar raposas, osas y otros animales salvajes, de manera que tuve mejor suerte que mis veintisiete hermanos, que tuvieron que emigrar a América. Solo que, como América todavía no había sido descubierta, nunca se supo qué fue de ellos.

Hacia 1380 (las fechas, como se ve, son un poco inciertas) los documentos me muestran convertido en una doncella de vida alegre (o sea, puta) en Valladolid, rodeado de la corte y confección del Reino. No me debió ir demasiado bien, porque en 1424 figuro como estudiante de Derecho en Salamanca (un claro descenso social), con un nombre algo modificado que dificulta verificar que verdaderamente se trata de mí, y no de uno de mis veintisiete hermanos, regresado de la infructuosa expedición a las Indias. Mi momento de mayor gloria se produce en 1535, cuando Juan de Valdés me incluye como uno de los personajes de su Diálogo de la lengua, bajo el seudónimo de Marcio.

Mi más tierna juventud (los dulces años veinte) abarca los siglos XVII y XVIII. Es falso que yo sea Avellaneda: nada me avergonzaría más, aunque al mismo tiempo, nada me enorgullecería más que haber contribuido a dar forma a la más universal de las obras universales. Es más probable, en cambio (no lo recuerdo muy bien) que yo fuese una de las personas que se batieron cobardemente en retirada cuando los ejércitos napoleónicos entraron en la Península a comienzos del siglo XIX. Podría disfrazarlo de mil maneras, pero la cruda verdad es esta: era joven, no tenía experiencia militar, y salí huyendo como una liebre, tan rápida como cobarde. Hasta creo que me meé la falda.

El exilio de los poetas románticos me pilló por lo tanto más maduro, más arrepentido, más humillado. Debía de tener en ese momento 28 años. He oído que fui amante de Almeida-Garrett (lo que no garantiza que no volviera a ser un hombre) y pasé unas vacaciones de lujo en Escocia, mirando valles, lagos y precipicios y componiendo largos cantos de estilo medieval que, afortunadamente, se han perdido. Por aquel entonces empecé a notar que me gustaba mucho internet; qué pena que todavía faltasen casi doscientos años para que existiese internet: la espera se me hizo larguísima.

No hablaré de cómo pasé las dos Grandes Guerras, ni la Guerra Civil Española, ni el Franquismo. Hoy es un día alegre, y no me apetece recordar épocas oscuras. En cambio, recuerdo perfectamente las manifestaciones de los años 70, los pelotazos, el cierre de los astilleros… Yo tenía entonces 31 años. La Movida me cogió tarde: me parecían todos unos niñatos insoportables, lo reconozco. Hasta Almodóvar, que entonces debía tener más o menos mi edad (ahora es mucho mayor que yo). Hace solo unos meses (en 2003) volví de mi segundo exilio escocés, y unos pocos meses después (en 2010) me instalé en Lisboa. Creo que ahora mismo soy un ser humano de sexo aproximadamente masculino y que hoy cumplo 32 años. Pero no estoy muy seguro. Ya no estoy seguro de casi nada. Mi memoria ya no es lo que era…

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